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14 de noviembre de 2004

Otoño en Nueva York


Las muchachas andan de manga corta en estos días apasionadamente calientes

Una ardilla desinhibida saltó presurosamente de su morada para apresar perezosamente un tesoro caído por la acera de Union Square, ciudad de Nueva York. ¿Una ardilla urbana?: cientos de ellas proliferan por las copas de los árboles de cada estación, juguetean indiferentes, pasean sus reales como si se tratase de nudistas sin recato. Más al norte, donde la urbe respira, en Central Park, viven en su selva doméstica tan panchas.

Los que venimos de aquel país en el que un antepasado de cualquiera de ellas podía cruzarlo sin tocar el suelo, señalamos sorprendidos la aparición con grandes aspavientos: ¡mira, Tere!, ¡una ardilla!, ¡una ardilla! La arboleda perdida de la ciudad de ciudades toma prestados los colores de la paleta de un pintor antiguo: se viene de los Dakota, donde la sombra de Lennon se deja fotografiar como un espectro imborrable, y se entra en una espesura amarillenta, rojiza, ocre, que se antoja la carta de presentación del otoño. No habría otoño sin que los álamos de Manhattan cambiasen la piel de su vestido. Venía uno andando desde el límite del Brooklyn Bridge después de haber dedicado la mañana al consabido y melancólico paseo por el Boardwalk de Coney Island, tan dormido en días de bruma y espesura.

Me gusta pisar esa playa industrial cuando los agobios del verano han desaparecido y cuando la Wonder Wheel, la noria más alta, aún no ha engrasado sus ejes poderosos. Hay un algo decadente en ello que atrae hasta lo inexplicable. Decía que había seguido el curso vencido de Broadway, en caminata larga sólo interrumpida por los encantos de un Soho excesivamente catalogado y menos espontáneo de lo que parece, hasta llegar exhausto al homenaje repetido al antipático muchacho de gafas redondas y esposa japonesa que nos dejó cantado antes de morirse aquello de «you may say I´m a dreamer…», que es una letra ingenua y tirando a mediocre, pero llena de historia y significado.

Luego de sortear corredores sudorosos y perros que sacan a pasear a sus dueños, cruzas la Quinta y te sorprendes de cómo los ricos también lloran, aunque con lágrimas menos secas. Los buscadores de hamburguesas saben que ésa es la dirección correcta hasta llegar a J. G. Melon, en la Tercera con la 74, donde con toda la amabilidad del mundo civilizado te suelen decir que no tienes mesa, que no la reservan y que no aceptan tarjeta de crédito. Los propios neoyorquinos no se ponen de acuerdo a la hora de decidir cuál es la mejor hamburguesa de la ciudad, con lo que hay que imaginarse lo que podemos añadir los de fuera: hace años que Harry’s ya no es el Harry’s aquel que conocieron los antiguos. Ahora la cosa anda en que si Corner Bristo, si El Contrabandista –entre Barrow y Blecker–, si Peter Luger –cruzando el Williamsburg–, si éste o aquél… pero los amantes de esa masa de carne debidamente compactada sabemos que en las estrechas mesas de Melon se encuentra lo mejor. Sólo que es difícil encontrar sitio así como así.

El otoño es también eso que llaman Jalogüin y que imitan apasionadamente los antiamericanistas europeos de manual. Tipos disfrazados de carnaval de fin de curso celebrando que caen las hojas ambarinas sobre tumbas de caramelo. Las muchachas andan de manga corta en estos días apasionantemente calientes. Un taxista me habla nostálgicamente de su Rusia natal. La camarera rubia y esponjosa de Drecker’s ya no trabaja ahí, mecachis en la mar, y MelBrooks me aburre un tanto en el Saint James.

Los homeless han renovado su mirada triste y errabunda por otra igual de triste y errabunda, el alcalde considera peligrosos a los fumadores, el tercer chino entrando en Canal Street desde Broadway me ofrece el mismo reloj que lleva Gon


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