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5 de junio de 2005

El mentón en la clavícula


El gitano ordenó que nadie lo molestase en aquello que mantenían el toro y él 

 

«Mira, Carlos, primo, cogió su capote así, se lo trajo mu toreao, lo embarcó y pegó su mentón a la clavícula mientras el toro pasaba y pasaba y pasaba.» Yo no estuve aquella tarde en Vista Alegre, Pansequito, pero sí estuve el día en que dibujó en la arena de otoño de Madrid el compás secreto del toreo ante un sobrero de Benavides al que ni siquiera fue capaz de matar. Fue entonces cuando comprendí, por fin, toda la leyenda que lo envolvía desde que debutara en Ronda siendo un chaval. Me seducía esa leyenda como nos seduce aquello que no conocemos, pero de lo que no dejamos de oír hablar. Cuentan que aquél de allí vio a Paula una tarde en Jerez en la que le cortó las orejas a uno de Domecq, y dicen que aquel otro de más allá estuvo el día en que se encerró con seis de Guardiola y armó tal escándalo que la gente lo paseó a hombros por todo el barrio de Santiago. Lo cuentan y siempre lo creí, pero hasta que no vi el elegante osario que habita sus rodillas no entendí la frase de Benito Pérez Barbadillo con la que fotografiaba al mito: «Sin ser contradictorio, era lo contrario a todo».

El gran Paco Reyero lo cuenta en esta biografía pespunteada que acaba de publicar Ézaro Ediciones bajo el sugestivo título de Rafael de Paula, dicen de ti: hay que buscar toreros que tengan percha literaria, cosa que hizo Bergamín poco antes de su desvarío norteño y totalitario. Una tarde estaba Rafael dibujando en la arena de Madrid el secreto encriptado del temple y le dio a la música por arrancar: el gitano levantó una mano y ordenó que callase la banda, que nadie lo molestase en aquello que mantenían el toro y él. En ese momento, a Bergamín se le ocurrió lo de la música callada del toreo, que es un retrato que ha acompañado desde entonces al hombre que mejor ha encarnado el cinematográfico orgullo del perdedor. Cuenta Reyero, con su sorna imbatible de oteador de gestos, que alguien dejó dicho que, todos los años, Dios tira una bolita de la fortuna y que una vez al siglo, ésta le cae a un gitano: a Paula, por lo visto, le dio en toda la cabeza. Ignorante él de tal circunstancia, labró su toreo como la voz antigua de ese mundo desvanecido que sólo queda retratado en las tradiciones orales. Nunca sé si lo vi torear o lo soñé. Si fue hipnosis o un jarro de agua caliente violento y real. Nunca he sabido si la verónica lenta y sinuosa que me revolotea por la cabeza fue aquella que le propinó a su último toro de Jerez o si llevo años soñándola en noches de intranquila vigilia.

Toreando hace pocos días con el mentado Pansequito y Pepe Navarro, el padre de Daniel y de José Joaquín, tocaor uno y bailaor otro de la mejor estirpe, quisimos acompasar la embestida del aire a la improbable cadera de cada uno: por mucho que retorcíamos el gesto o mesurábamos la intención, sólo conseguíamos fotocopiar las ansias. Paula, desde ese desdén por lo corriente que ha caracterizado su paso por la tierra, desdibujaba desde el silencio nuestro toreo supuestamente eterno. Si su leyenda creció a pesar de sus pocas tardes de gloria, su pervivencia en nuestras memorias se alargará cuantos años nos toque vivir. Hijo del mejor cochero que jamás hubo en Jerez, Rafael mordió el polvo de hierro del infortunio que él mismo buscó y, a pesar de magistrados poco presentables, surgió del fango propio para reescribirse en el tiempo. Su mentón no está llamado para solidificarse en su clavícula, no le dejan sus rodillas ni su indolencia. Pero su retrato indeleble en los libros y en las retinas es la estela de un cometa imborrable en nuestras vidas. Lean a Reyero y comprenderán lo que digo. Y luego vayan a los toros cualquier tarde de este verano y aprecien la diferencia.


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