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2 de mayo de 2004

El toro de los portabellas


Debo reconocer que me da mucha pereza, mucha. Ponerme a estas horas de la mañana a descifrar la intrínseca necedad del Ayuntamiento de Barcelona declarando “ciudad antitaurina” a todo lo que va del Llobregat hasta el Besós me produce el mismo hastío que la defensa obvia de, por ejemplo, el derecho de los homosexuales a vivir en paz, el de las parejas a divorciarse o el de los clubs a fichar futbolistas extranjeros.

El mismo. Pero para que luego no digan que escurro el bulto por aquello de haber pasado media vida en el barrio de Gracia: si hay que escribir, se escribe, y si hay que decir que la característica altivez con la que algunos barceloneses miran a los bárbaros e hirsutos peninsulares se está transformando en una desagradable antipatía, se dice. Evidentemente, al sandio Portabella, segundo teniente de alcalde del ayuntamiento barcelonés, le importa muy poco la suerte que pueda correr el toro bravo, si sufre más o sufre menos, si es vejado o no: a Portabella –a todos los portabellas-- le carcome que en su ciudad pueda celebrarse una fiesta en la que los principales símbolos sean los mismos que en Madrid y pasen por linajudos emblemas como la música de pasodoble, la bandera española o algún que otro “olé” esporádico.

Para esa Barcelona en la que todo tiene que responder a un cierto aire de desmayo, diseño y displicencia, una arcaizante y españolísima costumbre como esa debe ser borrada de los usos comunes del barcelonés políticamente correcto, ya que así, además, se estará redimiendo a unos bárbaros desalmados de sí mismos y siempre podrá decirse que la ciudad supo anticiparse a lo inevitablemente ocurrirá cuando desaparezcan los toros, no por los portabellas, sino por lo aburrido que está el escalafón y lo blandas que están las ganaderías, que hoy ir a los toros es garantía absoluta de aburrimiento y entre unos y otros nos están echando a los aficionados de las plazas.

Lo escribía muy brillantemente Joan de Segarra en la Vanguardia hace unos domingos: si de lo que se trata es de prohibirlos, que los prohiban ya, pero que no empiecen con idioteces ni con argumentos empobrecidos como los que acostumbran a manejar muchos de los panfletarios antitaurinos que acabaron impidiendo, por ejemplo, que Salvador Távora representase su montaje sobre la célebre Carmen. Boadella, algo más cínico pero igual de clarividente, asegura que de lo que se trata es de declarar a Barcelona “ciudad antiespañola”, pero como a eso aún no se atreven los portabellas, lo solucionan con lo de los toros. Este mismo sujeto, representante de ERC en el consistorio barcelonés, acaba de soltar una bravata en contra de la Feria de Abril que no pocos catalanes de origen andaluz celebran, coincidiendo con estas fechas, en los alrededores de BCN. Ha aducido el estólido que esa fiesta “no responde a la cultura catalana” y ha enmascarado su argumento diciendo que los organizadores “manipulan la nostalgia de los andaluces residentes en Cataluña”, lo cual viene a ser lo mismo que lo del sufrimiento de los animales: la excusa. Ya lo sabe el buen catalán, el buen barcelonés: nada de entusiasmarse bailando sevillanas, nada de escuchar flamenco, nada de montar a caballo a la vaquera y menos aún con una mujer a la grupa; todo eso forma parte, supongo que con la zarzuela y la sangría, de manifestaciones que habrá que ir erradicando poco a poco, bien a través de declaraciones formales del ayuntamiento, bien por la fuerza de los hechos consumados a golpe de decreto o amenaza. Que se preparen los rumberos del barrio de Gracia, que deben ser los siguientes.

Que los aficionados catalanes a la tauromaquia sepan que, antes o después, los diseñadores dictatoriales de los usos y costumbres les obligarán a viajar en secreto al sur de Francia como en los tiempos aquel


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