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21 de noviembre de 2004

El portero


Tal vez sólo los más arriesgados o solitarios nos hacíamos con los tres palos

De pequeño, yo era portero. No sé producto de qué, pero a mí lo que me gustaba era esperar el peligro en soledad. El peligro del enemigo. Siendo portero, uno era la última esperanza, el último asidero al que agarrarse. Luego podías parar o no, pero creabas un entrecortado suspiro de certidumbre que, o bien se volvía en tu contra si fallabas, o bien te convertía en el héroe definitivo si acertabas. Vida solitaria la del portero. Diez tíos lejos de ti confeccionaban el triunfo y lo celebraban con abrazos descomunales. En cambio, los abrazos que tú veías eran los del contrario cuando te endosaban un pepino. Un partido en el que los tuyos dominaban se resolvía contigo viendo el juego de lejos, distrayéndote con las musarañas y escuchando los improperios del público inmediato; en cambio, un encuentro con los del otro lado masacrando tu portería te hacía protagonista excesivo del mismo. Y como metieras una cantada quedabas como cagona durante media liga. Ahora bien, si lo parabas todo, como yo aquella tarde en la pista de balonmano de la Barceloneta, salías a hombros a perpetuidad: fue tan memorable aquel partido que hasta la muchacha de gafas que solía parar junto a la taberna que se hizo famosa por servir la ‘bomba’ –una explosiva y picantísima mezcla de cosas que recuerdo con fruición– aplaudió a rabiar como si le fuera la vida en ello o como si estuviese a punto de casarse conmigo aquella misma noche. Tal vez fuera que jugábamos de portero los que no servíamos para otra cosa, o que sólo los más arriesgados y solitarios nos hacíamos con los tres palos. Pero sea como fuere éramos seres especiales, y en ese ámbito de tipos raros yo he tenido tres ídolos, coincidentes con los tres deportes en los que he pretendido ser algo alguna vez –sin conseguirlo, claro–: Perramón, Sadurní y Carlos Largo.

José Perramón, el mejor portero del balonmano mundial de todos los tiempos, era un extraordinario lanzador y un valladar inexplicablemente inexpugnable. Salía de la portería amedrentando al contrario y paraba los balones con la pierna y el brazo extendidos a la par. Menudo tío. Siempre quise imitarle, pero me podía más el estilo balonpédico, el de parar como si fuese un portero de fútbol, con palomitas y estiradas imposibles de esos que te valían unos pestiñazos de aúpa en el cemento y unos moratones de por vida en las caderas. Sadurní, en cambio, tenía un aire desvaído y desmayado que le hacía imprevisible. Yo me veía en ese mi ídolo, tan formal, tan serio, tan barcelonés, tan elegante. El fútbol era otra cosa practicado por tipos como ése, imperturbable ante el infortunio, de los que era capaz de dejarle una tarjeta de visita al delantero al que le paraba un penalti. Salvador Sadurní vestía con zamarra negra y no se pasaba el partido entero dando gritos ni poniendo caras descompuestas, tan sólo movía algo el gesto si le colaban un gol y acentuaba ese elegantísimo mohín suyo de cansancio perpetuo con el que salía al campo. No he visto portero con más clase. Cumplía con la leyenda de estrella solitaria que acompaña a cada guardameta. Como cumplía con ella Carlos Largo, el portero de hockey sobre patines que tenía los santos arrestos de jugar sin careta protectora. Los porteros de hockey parecen mazinguers de difícil movilidad, pero Largo –que tenía media cara masacrada por los bolazos– se asemejaba más a un bailarín del Bolshoi rudo y articulado. De chavalín, acudía a verlo jugar o entrenar al velódromo y me quedaba asombrado de su hombría heroica, allí solo frente al peligro, sin la careta con la que los demás se aseguraban su físico. También quise ser como él, pero me faltaron arrestos. Del primero no conseguí tener los recursos; del segundo, la elegancia, y del tercero los cojones, pero de los tres me quedé con la visión solitaria que los por


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