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10 de octubre de 2004

La última de Garci


Es un carrusel de gente que hizo de su tiempo un canto a la supervivencia

Ya quisiera yo ser fotógrafo y retratar la costumbre, que es una cosa que sabemos que pasa por nuestro lado, pero que no nos damos cuenta de que lo está haciendo. Hacer así, clic, y capturar en un instante toda la eternidad de la gente normal, la que configura lo que algún día será memoria.

Hacer como ha hecho Garci en su última película, a caballo entre lo sublime y lo conmovedor –no sé si es más sublime que conmovedor o más conmovedor que sublime–, a medio camino entre el poema de Manuel Alcántara y la fotografía de Alfonso Sánchez García, poeta el uno en estado de gracia permanente y fotógrafo el otro que llevó el blanco y el negro de Madrid al cielo de los colores eternos. Ahí anda el muchacho.

La cosa, ya saben, se llama Tiovivo y es un carrusel de gente que hizo de su tiempo un canto a la supervivencia. No es una película que retrate a esos tipos que, como escribió Emile Gauvreay, se pasan la vida haciendo cosas que detestan para conseguir dinero que no necesitan y comprar cosas que no quieren para impresionar a gente que odian; no, no es eso. Si se pudiesen retratar los años soñados en los que la pelea consistía en ver la luz del día siguiente habiendo olvidado las miserias del anterior, el retratista lo habría conseguido en ese par de horas en las que no se cede terreno a nostalgias inservibles ni a provocaciones políticamente correctas.

Que tal vez ése sea el único problema, por cierto, con el que se tope el mensaje: no aparecen curas violadores ni individuos cantando las excelencias de vivir fuera de la norma, cosa tan del gusto cinematográfico de ahora; antes al contrario, Garci ha filmado, desde la revolución que supone hablar de lo ordinario, aquello en que constaban las historias de entonces: callar, soñar, sugerir, amar, sufrir, olvidar…

A sus estrenos no van los ministros en tropel para hacerle la gracia a Sogecable y aplaudir entusiasmados como niños; tampoco los gobernantes de un Madrid que ya quisiera haberse visto así más veces; en sus ruedas de prensa no se acostumbran a decir tonterías; a sus películas no le dedica TVE –ni las otras– más de dos horas en prime-time dándoles la vuelta por aquí y por allí. Él solito se busca la vida y él solito la encuentra gracias a la habilidad para obtener de Pajares la hiriente confesión de un hijo muerto en la guerra, de Fernando Guillén Cuervo el silencio trágico por el fusilamiento de un hermano, de Landa su mejor acento navarro, de Santiago Ramos la más creativa y delirante escena que le he visto, de cualquier gran secundario –magnífico Luis Varela, soberbio Fernando Delgado, inconmensurable Agustín González, inigualable Tina Sainz– todo un catálogo de pequeños gestos de actor monumental. Sólo por las surrealistas escenas de toreo de salón en el Florida Park y por el baile final del Cheek to Cheek que trenzan in crescendo Mapi Sagaseta y Ricardo Cantarineu ya vale la pena salir a la calle buscando un cine.

Escribió uno de mis poetas de cabecera que hay ocasiones en las que una rosa se convierte, de súbito, en tres pétalos del sueño. Eso viene a ser lo que quiero decir. Una cinta de celuloide se ha transformado, de pronto, en una caricia de medianoche, en una obra maestra capaz de entresacar de los pétreos muros del silencio, el polvo denso de una voz. Capaz de reconciliarme con un género con el que nunca me había peleado, pero al que saludaba desde la otra acera sin mostrar deseo alguno de cruzar. Si está usted en una tesitura semejante, negocie una buena entrada con la taquillera y, luego, déjeme saber.

 


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