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20 de marzo de 2005

Fumando un puro en La Habana con un Infante difunto


 Tensó el idioma hasta hacer de él una silueta tan reconocible como inimitable

El fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante me tiene secuestradas las lecturas desde hace dos o tres semanas. Algunos críticos severos dicen que su intensidad literaria fue diluyéndose con los años, pero reconocen, sin embargo, que ha completado la triada cubana perfecta con Carpentier y Lezama y que sus novelas de ambientación habanera han resultado insuperables. Tal vez Tres Tristes Tigres, la mejor. A la altura de El Siglo de las Luces y de Paradiso. Con todo, se me hace difícil quedarme sólo con tres narradores o dramaturgos o poetas de aquel lugar aislado (Cuba es una isla en lo político como lo es en lo natural): Virgilio Piñera, José Triana o Antón Arrufat le han dado al teatro salido de allá una dimensión sobrenatural, la misma que Severo Sarduy –al que el régimen fidelista llamaba «el narrador francés de remoto origen cubano»– y Calvert Casey le dieron a la novela directa, corta, definitiva. José Martí, héroe nacional para unos y otros, ha sido uno de los grandes prosistas en lengua castellana –según Cabrera, el mejor del siglo XIX– y un notabilísimo poeta que cumplió el rito tan cubano del suicidio inexplicable cuando se lanzó a caballo contra un pelotón de soldados españoles a pecho descubierto. Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, el populista y cancionero Nicolás Guillén, Leante; los menores Pablo Armando Fernández o Lisandro Otero –lo siento– están a la altura de los mejores hispanoamericanos. Y Miguel Barnet, qué decir.

Hace un par de semanas nos convocó en La Habana el Festival del Habano, cita anual para los políticamente incorrectos que seguimos fumando puros: a punto de embarcar de vuelta, la empleada que me estaba vendiendo una deliciosa novela autotestimonio de Barnet –Oficio de ángel– me aseguraba que con tal de marcharse de su ‘paraíso’ era capaz de caber en la mínima maleta que yo portaba. Cosas del realismo socialista y esos cuentos antillanos. La literatura cubana es una literatura del milagro, habitualmente maltratada y frecuentemente condenada al vaivén de los exilios. Lo explicó muy bien Cabrera Infante en Mea Cuba, que es un acopio de libelos en el que se mezclan Castro, Chibás y Capablanca –el genial ajedrecista con el que no sabemos qué hubiese hecho el régimen si hubiese vivido en esos años– con Batista, el Che y Bola de Nieve: una isla de apenas once millones de personas, a los que hay que añadir a los exiliados –Cuba es el país que más exiliados ha producido en el último siglo y medio de historia americana–, mantuvo mientras lo permitió el régimen dictatorial de Fidel un suplemento literario –Lunes– bajo la dirección de Cabrera y de Carlos Franqui tan leído como el propio diario Revolución y absolutamente definitivo para entender las tendencias y vanguardias de los escritores cubanos. Algunos de los que quieren explicar el fenómeno cubano desde el exilio y el nacimiento de una literatura desde éste, lo hacen sentenciando que muchos escritores del exilio exterior no mostraron gran talento hasta embarcarse en el adiós. Otros estallaron creativamente en las afueras: Lino Novás Calvo vivió la ida y la vuelta, Gastón Baquero y Lydia Cabrera impartieron doctorado desde Madrid y, recientemente, Norberto Fuentes lo está haciendo desde Miami. Otros, como Lezama Lima, vivieron exilios interiores, está claro. El gran Norberto de Dulces guerreros cubanos está a punto de publicar la segunda parte de su autobiografía de Fidel Castro y los que fuimos seducidos por la primera estamos haciendo cola en las puertas de las librerías como si fuese a salir un nuevo disco de los Beatles. Al despedir al memorable Cabrera que tanto supo tensar el idioma hasta hacer de él una silueta tan reconocible como inimitable, me remito a los versos de Martí –escritos fuera de Cuba, claro– a los que tantas veces él se refirió:

«Yo quiero cuando me muera
sin patria pero sin amo
tener en mi tumba un ramo
de flores y una bandera
».

Epitafio que, reconoció, era el epitafio de todos a la vez.


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