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29 de diciembre de 2009

LA SELECCIÓN DE NUESTROS SUEÑOS


Como nos lo creamos, estamos perdidos. Si España, su selección de fútbol, acude al Mundial de Sudáfrica como favorita, tropezaremos en el momento más insospechado, como cuando los nuestros se hicieron un lío con la selección estadounidense en la Copa Confederaciones. A un equipo heredero de tantas y tantas frustraciones no le conviene parecer el más alto y el más guapo ni le resulta beneficioso el ansia por ganar que tenga cualquier equipo que se enfrente a él. Tranquilidad. Posiblemente seamos los mejores, o casi los mejores, pero no debe parecer que lo sabemos. Si por mí fuera, hasta me haría el flojo durante unos cuantos encuentros amistosos con tal de despistar a la concurrencia contraria. Que piensen que estoy cojo si es necesario. Que piensen lo que quieran, pero no que soy el mejor.

Dicho queda que, si no lo son, lo parecen: la selección española de fútbol ha salido del armario. Su nivel de juego me devuelve a los mejores momentos de los mejores combinados, la Argentina de Kempes, la Alemania de Beckenbauer, la Francia de Zidane, la Holanda de Cruyff o el Brasil de Jair, Gerson, Pelé, Tostao y Rivelino. No incluyo ninguna Italia porque los italianos no me han parecido un grupo de artistas; su fútbol es otra cosa y jamás me ha emocionado. Faltaba, por lo visto, que alguien convenciese a los jugadores españoles de algo que otros sí se creen: que pueden ganarlo todo. Faltaba que alguien eligiese y esperase, creara un patrón de juego y les diese cuerda larga: ése fue Luis Aragonés y ha seguido siéndolo el gran Vicente del Bosque. Ambos han metido una ilusión en el cuerpo a los jugadores y a la afición que resulta inaudita, incomparable con nada conocido. Tal vez el tiempo aquel en el que coincidieron Kubala y DiStéfano con la camiseta roja –¿cómo pudo no clasificarse con los dos mejores del mundo en el equipo español, además de Luis Suárez y Paco Gento en la delantera?– estableciera una raya en el agua en nuestra historia, pero entre decisiones políticas y lesiones inoportunas aguaron la ilusión de la afición de los cincuenta y primeros sesenta. Fuera de aquel tiempo y de la Eurocopa ante Rusia, nunca hubo unanimidad tan sólida como la de hoy: los tíos son muy buenos y juegan de cine. No hay más que hablar.

Con la selección hemos sufrido mucho y ha significado para sus seguidores, entre los que me encuentro, un interminable capítulo de desilusiones. Mundiales en los que se ha perdido por penaltis, Europeos en los que nos ha eliminado cualquier vecino, fases clasificatorias en las que se ha sufrido lo indecible… Aún me estoy viendo la cara tras el penalti fallado por Eloy ante Bélgica cuando habíamos barrido a Dinamarca, la misma que se me quedó cuando Joaquín falló el que nos podía llevar a semifinales en Corea, clavada a la del partido ante Italia en EE.UU., a la del Mundial de Argentina, a la del desastre del 82 en nuestro país… Claro que también me la veo cuando se ganó a Malta, maletines aparte, o cuando jugaban mis ídolos –Gallego, el mejor central del mundo, o su heredero Migueli, o Santillana, o Sadurní (que jugó un partidazo en Wembley ante Inglaterra perdiendo por un gol de Charlton), o el inolvidable Juanito– o cuando siempre nos tocaba ganar a Rumanía y Yugoslavia para clasificarnos para una fase final –¡ay, Katalinski!, ¡ay, Rubén Cano!–.

Estos hombres de hoy juegan con descaro, con talento, se renuevan, se multiplican, se entienden, se complementan. El partido ante la siempre complicada Argentina tuvo algunos pasajes de ensueño literal, de los que invitan no a soñar, sino a despertar de cualquier letargo. Si se juega así en Sudáfrica, va a ser muy difícil quitarle algún entorchado a estos tíos. Pero que esto no lo lea nadie ni lo piense nadie. Sólo con lo dado hasta ahora ya nos vale. Una vez allí, ya hablaremos.

El cambio ya es irreversible. Podrán tener un bache, pasar una sequía preocupante, no dar con la tecla del seleccionador adecuado, pero los excelentes jugadores españoles ya van a sucederse unos a otros hasta la victoria final. Así sea. Ya era hora.


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