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9 de diciembre de 2018

Madrid Central: munícipes de chichinabo


La ocurrencia de Madrid Central es el característico destello que surge poco antes de unas elecciones con la idea de diferenciarse de anteriores consistorios

Recuerdo bien el primer día en que el Ayuntamiento de Madrid de los ochenta cercenó el paso de los automóviles y motocicletas por las inmediaciones de la Puerta del Sol. Un motorista que fue reconvenido en su intento de girar desde la plaza a la calle Carretas y al que le dijo el guardia que debía bajar hasta el paseo del Prado y subir por la calle Atocha, le dijo al guardia: «¿Y eso dicen que es para mejorar el tráfico?». De lo que se trataba era de desincentivar el uso del vehículo privado por esa pequeña almendra central de la ciudad: no le prohíbo pasar, pero se lo voy a poner muy difícil para que se le ocurra circular por Mayor o Arenal. Y así se escribió la costumbre: quien quería ir en su coche al centro centro de Madrid sabía que tenía que tirar de parking y de piernas. Treinta y tantos años después, el mismo Ayuntamiento, ahora gobernado por los neocomunistas de Ahora Madrid, gracias al apoyo del PSOE, ha decidido ampliar esa restricción a un anillo inmensamente mayor al que han bautizado como ‘Madrid Central’ y que coge buena parte de lo que se conoce como el centro –y algo más– de la capital. La diferencia, en este caso, estriba en cuestiones meramente ideológicas: el odio al vehículo privado amparado en el nuevo marxismo-ecologismo. Según la norma, sólo podrán acceder coches eléctricos, ya que se aspira a librar al centro de la ciudad de las emisiones de la combustión propia de los coches de siempre. Ingeniería social para cerca de cuatroscientas mil personas que acceden a esa área diariamente, a las que quieren, por lo que se ve, mejorarle la calidad del aire, cuando el aire de Madrid es de los mejores de Europa, si no el mejor, a decir de diversos estudios.

Todo progre que se precie, y mucho más si pertenece a ese engrudo ideológico de la extrema izquierda, siente la obligación programática de detestar el coche. El de los demás, especialmente. Tal vez provenga de un atávico concepto de opulencia, de aquel que deriva de los tiempos en los que se gravaba el automóvil con un impuesto especial por ‘lujo’. Vaya usted a saber, pero la pandilla de mediocres y cretinos que rodea a Carmena no considera que un coche es una herramienta de trabajo o algo parecido: es un atentado a la igualdad y a la calidad de vida, esa que surgiría de la verde pradera de la tribu, sin humos, sin voces, sin ruidos, todos viviendo en armonía con la naturaleza y paseando relajados sin necesidad de pensar, ya que de eso se encargarían ellos por nosotros. Volviendo al caso, la ocurrencia de Madrid Central es el característico destello que surge poco antes de unas elecciones con la idea de diferenciarse de anteriores consistorios y dejar la marca indeleble de su ideología para futuras generaciones. Por supuesto, sin ningún estudio serio de impacto de por medio. La Plataforma de Afectados por Madrid Central (lógicamente ya ha surgido una) se hace muchas preguntas más que razonables: ¿qué pasará con los miles de empresas encarceladas en ese amplio anillo? ¿Qué ocurrirá con los proveedores que a diario suministran producto para muchas de ellas, tiendas, restaurantes y así? ¿Podrá alguna de ellas padecer de desabastecimiento en días determinados? ¿Cuál será el impacto económico para la zona?

No todo el mundo puede acceder desde sus domicilios a sus obligaciones en transporte público, entre otras cosas porque no hay tanto autobús y no se cubren todos los recorridos posibles. No digamos de los que llegan desde fuera de la ciudad, que no tendrán donde dejar el coche, el cual, por cierto, va a saturar las zonas adyacentes de la almendra de la capital, que serán carne de atasco insoportable. Si hoy cruzar la Gran Vía de Madrid es una proeza, cuando sea del todo imposible, si es que no lo es ya (yo no tengo coche en Madrid), atravesar la capital será tan difícil como ahora evitar el hastío que proporcionan estos munícipes de chichinabo.

 


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