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10 de febrero de 2019

«Bohemian rhapsody»


No sé si Mercury ha sido el mejor cantante de rock y pop del siglo XX, pero no debe de andar muy lejos

La primera vez que escuché Bohemian rhapsody fue, evidentemente, en la radio. Estaba cruzando una plaza camino de la casa de un amigo con el que estudiábamos juntos. No había radios de altísima fidelidad con auriculares estratosféricos: era un simple transistor que me acompañaba a todas partes, dentro de una bolsa vieja en bandolera que también iba conmigo y en la que cargaba con todos los apuntes de la facultad. No sé si era el final del 75 o el principio del 76, pero por ahí le andaba. Recuerdo que me quedé quieto los cuatro últimos minutos, me asombré, quedé fascinado y empecé a hacer cábalas para comprar el disco como fuera, cosa que hice en cuanto reuní la pasta. Ahora viendo la película aspirante a todos los premios que se reparten por ahí, he revivido aquella tarde en la que quedé petrificado por el talento de aquellos cuatro tipos británicos excéntricos y brillantes. He sabido, entre otras cosas, que en su discográfica dudaban que una canción de seis minutos de duración fuera a ser pinchada en los programas de radio de la época. Al menos el locutor de la que yo escuchaba, que era Jordi Beltrán, del Canal Dos de Radio Barcelona, afortunadamente, no lo consideró así aquel día.

La cinta que relata la vida de Mercury –fundamentalmente– es, al entender de un aficionado a la música y no necesariamente al cine, un entretenido repaso a la creatividad excelsa de una apasionante banda de rock. El guion, por lo que he visto y leído, se permite algunas licencias, baila con las fechas y recrea situaciones de manera algo diferente a como ocurrieron, es más una dramatización libre que un documental, pero representa con bastante fidelidad la personalidad y las líneas generales de la ejecutoria de los cuatro. Aunque, como parece evidente, la estrella es Freddy, en interpretación bastante feliz del actor angelino Rami Malek, que reproduce con no poca fidelidad las formas del solista de Queen (se barajó en un principio el nombre de Sacha Baron Cohen, pero fue desechado por el peligro de ‘tapar’ al personaje que podría producirse con un actor de una significación tan personal). Freddy Mercury era un artista pletórico, rotundo, soberbio. Su trascendencia iba más allá de su voz portentosa: su performance electrizaba y asombraba a todos los que lo veían en cualquier tipo de intervención. El Mercury de A night at the opera resulta a todas luces inalcanzable, y es la pieza necesaria para que el talento de May y de Taylor –bueno, y también de Deacon– pueda viajar hacia fuera. No sé si ha sido el mejor cantante de rock y pop del siglo XX, pero no debe de andar muy lejos: indudablemente sí el que más ha llegado a la masa de aficionados al género. Nos pueden gustar Robert Plant, Ian Gillan, Jagger, Axl Rose, Brian Johnson, Ozzy Osbourne, y los cientos que me dejo y que resultan extraordinarios, pero Mercury tenía un incuestionable valor añadido: su grandilocuencia, su teatralidad, la arrogancia que le daba ser monumentalmente vibrante, singular, excéntrico. Y su vida de excesos. El solista de Queen queda retratado en la cinta como el hombre fiel a una mujer a la que siempre amó –fiel hasta que reconoció su homosexualidad–, pero entregado, posteriormente, a la vorágine festivo-decadente de los ochenta, momento en el que contrae el sida, enfermedad que le produce la muerte al comenzar la década de los noventa. Y el resto de los colegas son tan eficaces que, por ejemplo, crees que es el propio Brian May el que se representa a sí mismo.

Le han puesto muchos peros a la película, muchos de ellos meramente biográficos y meramente menores, pero la recaudación va desatada y generaciones enteras se han acercado a la recreación de la vida de una excelente banda de rock –y de su poco de Pop también– que ha conseguido, años después, que Bohemian rhapsody sea la canción del siglo XX más escuchada el siglo XXI.

Yo, al menos, me lo pasé en grande. Si usted también sintió algo especial la primera vez que la escuchó, no deje de verla.

 


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