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24 de marzo de 2019

Magallanes y Elcano


Fue un prodigio de dos países portentosos que deben unirse para cuestiones como esta celebración de la primera vuelta al mundo

España y Portugal han protagonizado páginas interesantes de la historia. Por supuesto, por separado. Pero también de forma conjunta. A buen seguro, a ambos países les habría convenido haber estado más unidos de lo que estuvieron a lo largo de los años. Aunque algunos hayan querido convertirlos en dos extraños que han vivido de espaldas, las dos naciones ibéricas han desempeñado papeles estratégicamente impagables en el devenir del mundo. Condenadas a entenderse aunque fuera por elementales razones geográficas, España y Portugal se han dado el testigo una y otra vez del protagonismo ibérico en ultramar, descubriendo continentes, colonizando nuevos mundos o, casi nada, dando la primera vuelta al mundo.

Este año 2019 es uno de los aniversarios redondos de una de las grandes hazañas de la humanidad: recorrer por mar el vasto globo terráqueo y volver al punto de partida después de recorrer tierras ignotas y rutas desconocidas. Se trató de demostrar que navegando siempre en la misma dirección se volvía al punto de partida, conclusión evidente de que la Tierra era redonda. Magallanes, marino portugués al que su propio rey no le hizo demasiado caso, confió su aventura al emperador Carlos I y organizó una expedición que salió de Sevilla, con parada correspondiente en Sanlúcar de Barrameda, en el año 1519. El mundo se acababa de dividir, en función del Tratado de Tordesillas, entre las dos naciones ibéricas: América para España, África para Portugal, con excepción de lo que hoy es Brasil, que cayó del lado luso. Cuando esos hombres intrépidos se lanzaron a los mares en aquellos cascarones, no existían cartas de navegación ni madre que los parió, con lo que saltaron a Tenerife, después a Cabo Verde, luego al final de la América conocida y, a partir de ahí, a la aventura de un mar que llamaron Pacífico. Cientos de aguerridos marinos metidos en unos botes sin avituallamiento ni medicamentos, sometidos a meses de navegación en los que la hambruna y el escorbuto hicieron estragos, acabaron llegando exhaustos, agotados, enfermos y desesperados a islas hoy conocidas como Filipinas. En el transcurso del tránsito, Magallanes murió en el enfrentamiento con unos indígenas; y los restos del equipo navegante se deshicieron, de tal manera que Juan Sebastián Elcano tomó el mando de la nao Victoria y se dispuso a volver a casa. Cómo lo hizo, o cómo creyó adivinar el camino adecuado, es un milagro que da sentido a la gesta que se rememora este año. Hubo de llegar a costas orientales africanas, bajar el continente y volver a subir por la vertiente atlántica, sin detenerse en puertos controlados por los portugueses. Es decir, del tirón a Bajo de Guía; lo cual es una tacada de tres pares de narices.

Finalmente, atracaron en Sanlúcar y, posteriormente, en Sevilla en 1522, tres años después de haber salido a la aventura a mar abierto en busca de la Ruta de las Especias. Salieron 239 hombres. En la nao Victoria volvieron solo 18.

Una polémica un tanto artificial se ha instalado en ámbitos historicistas, políticos y periodísticos acerca de a quién le corresponde capitalizar la epopeya de la primera vuelta al mundo. Habría que convenir que Magallanes, portugués, la empezó con estructura española y Elcano, español, la concluyó en España, puerto de salida, con presencia también portuguesa en su tripulación. Es decir, fue un prodigio realizado por dos países portentosos que deben unirse para cuestiones como la presente, la celebración de la vuelta al mundo, así como para tantos otros desafíos que depara el futuro. España y Portugal son dos hijas de una península magnífica que puede presumir de haber comandado el mundo a lo largo de muchos años. Si ambos países, con sus diversidades y sus particularidades, sus parcelas privadas y sus características intransferibles, establecen uniones de hecho con la vista puesta en el futuro, las futuras generaciones habrán de agradecerlo a buen seguro. Magallanes y Elcano pueden ser una oportunidad de oro para ese futuro en el que España y Portugal sean algo más que dos vecinas de una misma península. El futuro ibérico, en pocas palabras y en atención de los intereses comunes, tiene más trascendencia de lo que parece.

 


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