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14 de abril de 2019

Gregorio Conejo, que estás en los cielos


El maestro Burgos siempre decía que la casa Kodak vendía los carretes ya con su cara incorporada

Cuando Gregorio Conejo se fue a vivir a la vera del arco del Postigo, dos pisos por encima de Inchausti, que tanto pescado a la sanluqueña nos agenciaba, editó una suerte de programa e itinerario de cofradías, ordenando por horas todas las hermandades que procesionaban por los bajos de su balcón. Cada Domingo de Ramos, un día tal como hoy, me gustaba abusar de su hospitalidad para ver a la gente de El Porvenir cruzar el arco con el manto blanco inmaculado de la Virgen de la Paz. Y, ya puestos, esperaba a que cruzase la vieja puerta por donde entraba el aceite a la ciudad de Sevilla la gente de Jesús Despojado, y, si se terciaba y a los amigos de La Moneda les quedaba espacio para bajar y subir, a que llegara La Estrella, con el consabido y bendito vendaval trianero que lo acompaña. Y así tantas veces. Y así tantos días. Y así tantos años.

Gregorio era una de las personas más queridas y peculiares de mi ciudad, como tantos Gregorios habrá en otros lugares. Cuando nació mi hijo Alberto, a poca distancia del glorioso estadio heliopolitano, él, que no sé si era directivo bético o relaciones públicas o lo que fuese, se personó a las tantas de la noche en la habitación en la que Mariló Montero aún se dolía de las cosas propias del parto, con una equipación menuda de las trece barras, un carné con el nombre de Alberto, un balón firmado por todo el equipo y una acción de propietario a su nombre. Lógicamente, el niño, hoy un hombre, salió bético cabal. Cuando vino Juan Pablo II a Sevilla en su segunda visita, Gregorio ordenó desplegar una pancarta de lado a lado de la fachada del estadio que rezaba: «El Betis con el Papa», que no sé yo si llegó a ver Su Santidad, pero que sí vimos todos los sevillanos. Dicen que tenía listo un carné de socio por si se encontraba con él. Si no se vio con Juan Pablo, que no estoy seguro, puede que haya sido el único que no se ha topado de frente con el Ciclón Conejo; todo el resto de los célebres visitantes de la ciudad, antes o después, fueron abrazados por Gregorio y fotografiados con algo verdiblanco, fuera bufanda o insignia. Él, por su parte, estaba en todas las fotos de Sevilla. El maestro Burgos siempre decía que la casa Kodak vendía los carretes ya con su cara incorporada.

Todos los domingos del año, hiciera frío o calor, quedábamos a los pies de la Virgen del Rocío, en la aldea almonteña, a rezarle y, como siempre, pedirle cosas. Él me traía la prensa desde Sevilla y yo lo convidaba a desayunar dos teleras de pan con aceite. Me contaba el último chiste, en el que derrochaba su gracia torrencial entreteniéndose como nadie en los detalles, imitaba un par de veces a Lopera, me daba un abrazo y volvía a sus cosas. Para el Corpus, una vez que coincidimos con la misma camisa de rayas, institucionalizamos sentarnos en las mismas sillas de siempre a ver la interminable procesión, vestidos del uniforme que hoy utilizamos diez amigos: hay una serie de tíos vestidos de colegio que llaman la atención, camisa de rayas y pantalón crema, uno seguido al otro, lo cual provoca que hasta el arzobispo diga alguna guasa, y que son consecuencia de las cosas de Gregorio.


Un día creyó perder la cabeza, como le había ocurrido a gente de su familia. Los amigos lo vimos encogerse, vagar, dolerse, silenciar su expresión de volcán inagotable. Se replegó, cayó en depresión y sus ojos se apagaron. Se recluyó en su lejano pueblo y pocos volvimos a saber de él. No hace ni dos semanas que supimos de su muerte sin que pudiéramos masticar las últimas risas, sus grandes abrazos. Esta mañana, querido Gregorio, cuando salga de Casa Ricardo de abrir la veda de las croquetas de bacalao de cada Domingo de Ramos, tal como hacíamos con precisión milimétrica, me acercaré a la vertical de tu balcón, tomaré un vaso de la manzanilla de siempre y lo levantaré en tu memoria. Esperaré a que llegue el Señor de la Victoria y le pediré que te abrace como siempre en tu palco de la Gloria. Dios te tenga a su vera, como tú mereces. Y, por cierto, hazle bético, que falta hace.

 


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