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28 de abril de 2019

El voto de hoy


Hay quien es preso del voto antropológico, cuya tradición familiar o personal le pesa en las alas y le hace votar siempre al mismo

Se ha dicho hasta la saciedad. Este domingo nos enfrentamos a una decisión colectiva tan incierta como trascendental: nada menos que elegir un Parlamento sobradamente fragmentado en varias fuerzas políticas para que elija, si es que puede, un Gobierno medianamente estable que administre las cosas de todos. Tras la campaña llegó la reflexión y tras la reflexión llega el voto; después llegará ese fárrago anunciado que será la transición hasta la jornada electoral del 26 de mayo, tiempo durante el cual, a tenor de los resultados, se buscarán posiciones que ayuden a la campaña electoral siguiente, pero que no propiciarán la constitución de Gobierno alguno. Salvo que el resultado de un partido sea tan aplastante que no deje lugar a dudas. La tensión política, la actualidad milimétricamente narrada en medios de comunicación, va a continuar como todos estos días anteriores, que tampoco decaerá hasta conocer los pactos con los que se despachen ayuntamientos y comunidades.

Pero hoy se vota el camino que se ha de seguir en una encrucijada trascendental: permitir o no desmontar la España que hemos conocido durante estos cuarenta últimos años, que han llevado a nuestro país a cambiar por completo sus estructuras, a modernizarse, a conllevarse, a progresar. No es un voto baladí. El 78 significó un acuerdo de altura entre todo tipo de españoles y la evidencia de su eficacia está a la vista de cualquiera: nos dispusimos a mirar hacia delante con las ideas puestas en el futuro y en el gran pacto constitucional que abrió una gran oportunidad para un país de excesivos cainismos y demasiados garrotazos. Ello fue así hasta que la política del resentimiento, la de Rodríguez Zapatero, cuajó, despertó rencores y revolvió el pasado no con la intención de conocer y amparar la historia colectiva, sino con la de excitar el enfrentamiento como arma electoral. Pedro Sánchez, que es Zapatero tuneado y dopado, lo ha llevado hasta la agitación permanente. Y ahora decidimos si seguimos o no por ahí.

Casi nadie acude a votar y decide por quién hacerlo motivado por un solo criterio. El análisis de los hechos inmediatos, puede que la campaña y sus mensajes, la postura de los partidos ante determinados aspectos, la economía, la vida, los ascensores sociales, la educación, el ámbito territorial inclinan la balanza por este o aquel. También hay quien es preso del voto antropológico, cuya tradición familiar o personal le pesa en las alas y le hace votar siempre al mismo, haya hecho lo que haya hecho. También prolifera el voto cabreado, reactivo, incluso gamberro. O el voto resignado a aquel en el que no se cree demasiado, pero no deja de parecernos el menos malo. Sea cual sea el tipo de voto que depositemos en las urnas, hoy más que nunca hay que ser conscientes de que la Concordia está en peligro y de que hay que defenderla con toda la energía posible. Hay un mapa del odio, que no es un mapa necesariamente geográfico, aunque sí haya hecho que determinados lugares se conviertan en prácticamente parques temáticos. El odio de la intransigencia, del totalitarismo, del amparo del terror, de la violencia coactiva que hace que en diversos territorios de España no se pueda ejercer el derecho a la libre expresión y a la libre participación política sin correr excesivos riesgos. Contra eso y contra aquellos que patrocinan, amparan y promueven la anti-España es contra quien hay que manifestarse de manera rotunda, de forma que después no nos veamos concernidos con la cooperación por abulia electoral. El voto es el arma secreta que permite, si es coincidente entre muchos, desarmar a quienes llevan en sus propuestas el desmonte del Estado y la asunción de medidas claramente regresivas en lo económico y lo social. Hoy puede ser un gran día para reivindicar lo que nos ha traído hasta aquí, la armonía de una España llena de individuos libres e iguales y el rechazo sonoro a todas las proclamas extremas, totalitarias y rabiosas que se han manifestado entre el temor de algunos y la complacencia y silencio interesado de otros.

Y, por supuesto, puede ser un gran día para mandar a los cursis al carajo.

 


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