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20 de julio de 2003

Lecturas de verano


Ignoro lo que muchos tienen en contra del best-seller. No entiendo por qué vender muchos libros es sinónimo, para algunos, de basura editorial. No pocos 'cejas altas' -en feliz definición de Lorenzo Díaz, 'El Pasmo de Puertollano'- mascullan un «Ah!, tú eres lector de best-sellers» cuando les contestas relacionándoles algunos libros que has escogido para pasar las calores. Parece que despegarse de una determinada ortodoxia es el primer síntoma de ese reblandecimiento del cerebro que algunos determinan como principal consecuencia del verano. También los hay que creen lo contrario: contaba la inolvidable Montserrat Roig que una noche de tertulia con amigos de amigos, ella confesó no haber leído -corrían los ochenta-  ni El perfume ni La insoportable levedad del ser, libros de moda en aquél entonces; al momento, una de las presentes, absolutamente asombrada, le preguntó: «¡Anda! ¿entonces tú no lees?». Montserrat confesaba que no supo qué decirle a la aventurada contertulia. Hay libros que se suben, de repente, al podio de la popularidad y parecen legitimar a quien los lee: recuerden, sin ir más lejos, cuando se puso de moda Marguerite Yourcenar y resultaba un tanto incómodo reconocer que uno no se había leído Memorias de Adriano, que a un servidor le pareció un poco tostón, al igual que lo de Kundera, pero que a ver quién era el guapo que lo soltaba en según qué círculos. Un tanto así, pero en sentido contrario, ocurre con determinados best-sellers. Admito sin tapujos ser lector de dos grandes vendedores de libros que, sin pretender ser literatos, consiguen distraerme no poco: Frederick Forsythe y John Grisham.

Forsythe es un magnífico ejemplo de aquel fabulador que sabe intuir por dónde se mueven las coordenadas de su tiempo -si es que las coordenadas se mueven, que ahora que caigo no sé si es muy correcto- y que proporciona no pocos alivios en las regularmente abúlicas tardes de agosto. Muchos, puestos a elegir en el mundo de la acción y la novela de espionaje, prefieren al Smiley de LeCarré, que resultaba excelente, pero convengan conmigo que las últimas novelas del de Dorset ya no las entiende ni él mismo: ha caído, considero, en la tentación de hacer literatura y, en llegando a ese punto, no hay quien le aguante. Alguno de sus libros hay que seguirlo tomando apuntes, todo lo contrario que Forsythe -víctima, a veces, de sus traductores-, el cual te mantiene en vilo con relatos de final inesperado y de descripción minuciosamente verosímil. Con Grisham ocurre otrosí. Sus tramas, siempre en torno al universo de aquellos abogados de los que Reagan dijo que era mejor contratar a ratas ya que éstas no harían nunca según qué cosas por dinero, son atractivas y sorprendentes, muchas de ellas llevadas al cine, y generadoras de un entretenimiento magnífico.

No se deje acomplejar por los que sólo leen a Soren Kierkeggard, que es otro que se puso de moda y que parecía leerlo todo el mundo. Admita sin recato que a usted le gusta Arturo Pérez-Reverte, que escribe primorosamente y que logra distraer casi tanto como lo hacía el insuperable José Mallorquí, autor de aquellos Dos hombres buenos -superiores, a mi ver, a El Coyote- que tanto me siguen fascinando años después de haberlos leído por vez primera, cuando me topé con ellos en el armario en el que mi padre guardaba sus tesoros.

En cualquier caso, leamos. Aunque sea prospectos de medicamentos. Aunque sea best-sellers. Algunas lecturas nos producirán agujetas en los ojos, pero acabarán dejándonos el universo a nuestros pies


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