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15 de junio de 2003

El mal gusto


Ahora que acabo de oír en las noticias del televisor algo relacionado con las célebres tiendas de los veinte duros, me ha sobrevenido un ataque de curiosidad por saber si los sociólogos han elaborado teorías puntuales acerca del mal gusto y la proliferación del mismo gracias a esta red de venta de lo imposible, de lo inaudito, de lo barroco. Puede que no, dado el trabajo que les está dando delimitar la movilidad social de los españoles de este tercer milenio, pero de haberlo hecho a buen seguro habrán encontrado la clave que hace que este negocio sea uno de los más florecientes desde Sofico, por lo menos. No me basta el argumento inmediato de la baratura de sus productos; tiene que haber algo más. Me miro a mí, sin ir más lejos, y me veo fascinado ante los anaqueles abigarrados de posavasos del Atleti y de fiambreras color turquesa: cuando atisbo un comercio de este pelaje miro inmediatamente mi reloj y, si el tiempo me lo permite, entro al túnel de sensaciones más 'iridisíaco' que conozco. Hubo un momento en el que miraba a mi alrededor por si era demasiado notorio que estaba entrando, pero, desdoblada ya mi cobarde psicosis, entro como el que pasa a la consulta de su psicoanalista después de llevar dos años soltando la tela. Soy un enfermo del mal gusto y hago del culto al feísmo una pequeña teología ordinaria -también me gusta lo ordinario, pero el sentido que le doy aquí es otro- y una sustanciosa dependencia estética. Llega un momento en el que las cosas, de lo poco que me gustan, me entusiasman. Cantar, por ejemplo: es muy difícil cantar mal; lo natural es cantar regular, como cantamos usted y yo, pero cantar mal, lo que se dice mal, atonal, arrítmico, es tan difícil como cantar bien. Por eso me gustan los cantantes insospechadamente malos: pago fortunas por sus cintas. Y en las tiendas estas dichosas se aglomeran los ejercicios plásticos de afeamiento mas inimaginable: entre mis favoritos se encuentran la virgen incrustada en una hornacina de conchas marinas superpuestas y la bola de cristal con paisaje indeterminado que ve caer la nieve una vez se la agita. Son dos grandes clásicos. Hubo un tiempo en que eran imprescindibles, como los colgadores de llaves en los que se reproducía la frase de 'Recuerdo de Peñíscola', o la postal bordada de una flamenca inequívocamente racial. Veo cuadros de fiereza marina en olas verdeazules, otros con tres caballos alados piafando entre las nubes, otros con el rostro cóncavo de un santo cuya mirada te sigue adonde vayas, cerámicas satinadas simulando el arranque del vuelo de tres palomas, pequeñas peceras oscilantes con símiles gelatinosos de un minúsculo mar, flores de plástico con purpurina de imposible perfume, relojes de cocina con nombres de alimentos en lugar de los números de la esfera. y metacrilato, mucho metacrilato -una amiga mía llegó a tener todo el comedor de metacrilato, y crujía como un gozne oxidado cuando te sentabas y cuando te apoyabas en aquella mesa imposible-, cajitas y cajazas de metacrilato, espejos de cuarto de baño de metacrilato rodeados de un borde en dorado, ¿quién dijo que había muerto el metacrilato? Mi señorito, Javier González Ferrari, acaba de traerme de Venecia una góndola de plástico con un baño dorado que ha hecho mis delicias -y las suyas, pues creo que él se la ha comprado con luz interior- y ha pasado a formar parte de mi colección de tesoros. Así todo.

Las tiendas de los veinte duros son más importantes de lo que la gente se cree. Son pequeños museos de arte contemporáneo que hacen felices a mucha gente. Que se pongan los sociólogos a ello.

 


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