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1 de junio de 2003

El Madrid de Ángel de Andrés


Siempre me he preguntado si el aspecto de buenas personas de muchos de los actores españoles de pretéritos inmediatos es natural o es que tenemos esa sensación porque estaban obligados a ser así en las películas de la época. No sé, aunque así fuera, me da el pálpito de que fingir durante tanto tiempo no resulta sencillo. Ángel de Andrés tiene esa traza: tal vez sea que jamás le he visto comportarse como un bellaco en ninguna de sus cintas, pero es ese tipo de hombre al que le compraría sin dudar un coche usado, o le recogería en autoestop, o le invitaría a pasar a casa. Seguidor, como soy, del cine español menos políticamente correcto, ese que nadie dice ver pero que resulta ser el más visto, tengo por Ángel de Andrés un afecto casi familiar que me viene de las muchas tardes pasadas acogido a su incomparable sonrisa. La sonrisa de Ángel es una sonrisa de las de antes; fíjense en lo que digo. Acuérdense de la sonrisa de aquel dependiente con bata de crudillo del ya desaparecido 'Ultramarinos y Coloniales' de su barrio; de la del conductor del coche de línea que iba a la sierra; de la del portero del edificio donde ahora hay un portero automático que jamás le conoce por su nombre. Hubo un tiempo en que sonreír era, digamos, cuestión de tiempo: la prisa no era tanta y todo relajo en el trato lleva, antes o después, a la contracción del risorio de Santorini, que es el músculo que tira de la comisura de los labios y que, por lo visto, algunos parecen tener atrofiado. El Madrid de Ángel de Andrés, un Madrid de los apuros y el donaire, vivía con otro compás y dicen quienes lo saborearon que estaba lleno de gracia. No me cuesta imaginármelo -yo soy de provincias- porque es el Madrid que he visto en las cosas de Ángel: cuando llegué por primera vez a la capital me gustaba fijarme en los taxis por si alguno de quienes conducían aquellos sofás negros con raya roja se parecían al de Manolo guardia urbano. Me fijaba también en los autocares de ruta, y buscaba el sol radiante de la cara del chófer de El padre Manolo cuando veía subir a la insuperable Laly Soldevilla. O le veía en cualquiera de los atribulados concursantes radiofónicos que parecían ir con un perro y un trineo, vestidos de esquimal, a por los tres mil duros de la emisora de Historias de la radio. Llegó un momento, claro está, que Madrid empezó a ser para un servidor el de los muchachos de Almodóvar y Macnamara, y toda aquella transgresión y vomitona, y todo aquel terraceo efervescente en el que había cientos de tías que nunca se fijaban en uno: las modernas porque era yo demasiado antiguo para ellas, las antiguas porque no era lo suficientemente pijo, y así todo. Pero seguía yo paseando por el Madrid de las películas, ese en el que salíamos los catetos que llegábamos a Atocha, el de los autobuses que conducía Tony Leblanc por una Cibeles sin agobios, el de Ángel de Andrés metido a preparador de boxeadores con puños de oro, y seguía preguntándome si aquella gracia fílmica se fue evaporando a medida que iban entrando coches por la Castellana y empresarios por el Puente Aéreo. Los actores de ahora, ricos en registros planos, representan la ciudad que viven, que no es peor, pero sí otra, muy otra. Los de la quinta de Ángel, caballero del agrado, eran actores de campo, no de granja, que metían en sus ademanes la bonhomía de una época rabiosamente difícil en la que todo estaba por descubrir y por progresar. Valga este insignificante homenaje a quienes, como Ángel, nos hicieron más agradable la espera.

 


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