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19 de octubre de 2003

Simplemente Cantinflas


Era el único mexicano al que le permitían las críticas aceradas. 

Yo apenas conocí a Cantinflas, debo decirlo. Estuve presente en el último homenaje que se le hizo en Madrid, allá por los primeros ochenta y tuve el placer de acompañarle en una inolvidable cena en la que compaginó a partes iguales su deslumbrante gracia y su innegable mala uva. Lucho Gatica me confesó poco antes de la desaparición de Mario Moreno que éste había perdido la cabeza y que se había vuelto suspicaz, imprevisible, huraño y faltón. Podía estar contigo tan contento y, de repente, mirarte fijamente, preguntarte por qué hablabas mal de él e insultarte sin medida. Me entristeció profundamente y me hizo lamentar no haber vivido los años aquellos en los que se podía conocer en plano corto a figuras de la talla del mexicano tal y como hicieron periodistas de la personalidad de Tico Medina, sin ir más lejos, que ha conocido a todo lo que se ha movido en el mundo en los últimos cincuenta años.

Viene esto a cuento porque asistí esta semana a la enésima reposición de una de sus cintas en televisión y volví, una vez más, a caer en la fascinación por un artista. Andaba yo sorbiendo uno de esos cafés que aún preparan con esmero en algunos bares de Sevilla y anoté en mi cuaderno de bitácora cómo dos paisanos sentados a mi vera reían la gracia antigua de un tipo inimitable. No importan los años cumplidos: Cantinflas era poseedor de ese exclusivo don que hace que un individuo pueda cautivarnos con un solo gesto, desde mover el bigote a girar una muñeca. Mi padre me llevaba no pocas veces a ver sus películas al Cine Moderno, que era donde uno podía deleitarse con las glorias fílmicas de El Gordo y El Flaco -que eran sus favoritos y casi los míos- y de ese chaparrito que de forma tan minuciosa encarnó al pueblo llano de los mexicanos; también me sirvió aquel cine para asombrarme con un Lawrence de Arabia que nunca olvidaré porque fue la noche en la que descubrí la chocolatina blanca y en la que se me clavaron en la memoria los compases de esa inolvidable banda sonora que aún tarareo inconscientemente cuando me someto al acto reflejo de partir con los dientes el chocolate.

A Cantinflas lo maltrataron los críticos y los intelectuales, como puede imaginarse. Le acusaban de repetirse y de descuidar los aspectos formales de su cine. Pero, curiosamente, tantos años después nadie se acuerda de aquellas estimaciones críticas y sí, en cambio, de todas sus obras, delirantes algunas, enternecedoras otras, popularísimas todas. Sus diálogos daban la impresión de ser casi improvisados y resultaban muy difíciles de repetir: eran auténticos trabalenguas (la televisión catalana, TV3, localizó un barcelonés emigrado muchos años a México y sopesó la posibilidad de doblar sus cintas al catalán por un aquél de la `normalización´: felizmente apareció alguien sensato e hizo que se desestimara tan brillante idea) y recogían modismos de las mismas calles en las que se crió, pobre y buscavidas, boxeador primero, torerillo después.

Era, además, al único mexicano al que le permitían las críticas aceradas a las que sometía constantemente a los poderosos, al único al que se le consentía la manifiesta rebeldía con la que se revolvía ante las injusticias de su tiempo y su país, que fueron -y siguen siendo-muchas. Anduvo enamorado hasta las trancas de Carmen Sevilla, que era de la que se enamoraban todos, y chocó una y otra vez contra la decencia de la actriz española más bella que han visto los siglos. Dejó Madrid, donde vivió no pocos años, y volvió a un México en el que sigue ganando batallas después de muerto. Tipos de esa envergadura brotan muy de tarde en tarde y nunca envejecen. Anteayer, al verle de nuevo, me percaté de que empieza a estar más joven que yo y de que ha sobrevivido al Cine Moderno de Mataró en el que se estrenaban sus cosas, y a mi padre, y a mí mismo en cuanto me descuide.


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