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2 de noviembre de 2003

Vete con tus muertos


 Pueblos y ciudades guardan bellezas inexpugnables en sus cementerios. 

En el Cementerio del Este de Barcelona se puede leer el epitafio de un descreído y burlón ciudadano que vio llegar su muerte con la suficiente lucidez para escribir un largo y desternillante poema escrito en un catalán primorosamente antiguo. El nicho se encuentra a la altura de los ojos y el tiempo y el abandono han marcado las muescas debidas, pero aún así es posible conocer la historia de un sujeto que afirmaba haber estado siempre bien gracias a que jamás visitó un médico: un día se sintió mal, la familia insistió en llamar a un galeno y aún bien de negarse el enfermo «un bebedizo me dio. y al día siguiente me morí». Maravilloso. Cuantas veces he acudido a llevarle flores a mi padre no he dejado de visitar a este socarrón anónimo al que ya nadie de los suyos recuerda. O eso parece. Parecido epitafio es el de aquel otro que también parecía desconfiar de la ciencia de su facultativo: «Fallecido por la voluntad de Dios y de un médico imbécil».

Y es que yo soy mucho de visitar cementerios. Estos son días de muertos, de llenazos espectaculares en los fosales y camposantos, pero convengamos que cuando de verdad alcanzan belleza insólita es en soledad, en el silencio de los olvidos. Pueblos y ciudades guardan bellezas inexpugnables en sus cementerios, adioses desgarrados, decadencias inmortalizadas, vanidades adorables. Las anotaciones sepulcrales son una muestra de ello. Un paseo por cualquier bloque de apartamentos apaisados nos deja un sabor de flores caducas y de sonrisas frescas. Dicen que la tumba de Groucho reza el consabido «Perdone que no me levante, Señora», pero eso es leyenda. En cambio yo sí que he visto un mausoleo imponente en memoria de un padre a cuyo costado inscribió en letra pequeña uno de sus vástagos: «Este sepulcro lo pagó su hijo Paco». Y el de una presuntuosa dama que hizo inscribir a su muerte: «Aquí yace Menganita, que murió tres días antes de ser Marquesa».

Y el de Eva Perón, al que acudí llamado por la belleza quieta y lenta de la fascinante Recoleta de Buenos Aires, donde una puerta de cristal deja ver el estado de cada féretro: «Volveré y seré millones». No pocas leyendas escritas en la piedra fúnebre de los adioses contienen la guasa de quienes marcharon para siempre y de quienes se quedaron: «Buen esposo, buen padre y mal electricista casero». Es común aquél que despide no sin cierto alivio y que se presenta de muchas formas, todas reales: «Tengas tanta Gloria como Paz nos dejas». Y qué decir de aquél que no se resigna a morir y se rebela ante la última despedida: «Qué tenía Lázaro que no tenga yo». Los hay poéticos, llenos de amor, repletos de una melancolía que se agranda a medida que los años tapizan de olvido el blanco mármol del lamento. Pero también los hay que llevan ese lamento al límite involuntario de la sonrisa: «Aquí reposa la niña Margarita, que falleció a los diez meses de edad. ¡Qué pronto empezaste a darnos disgustos!».

Acostumbro estos días a recordar a mi tío Pedro, un inolvidable brutote que era marmolista lapidero y que trabajaba a pie de campo en los mismos cementerios y que acostumbraba a echarse las siestas en los nichos vacíos con el consiguiente susto de los paisanos que veían salir una cabeza de uno de esos agujeros preguntando la hora o cosas así. Cuando le decíamos sus sobrinos si no tenía miedo de meterse ahí dentro acostumbraba a contestar algo que viene a cuento: hay que tener más miedo de los que están fuera. Sirva de recuerdo lo que mi insuperable tía Gracia le susurraba como despedida tras prepararle el desayuno, día tras día, tras mirarle con aquella mezcla de resignación y encanto, tan suya: «Anda Perico, tómate el café y vete con tós tus muertos».


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