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14 de septiembre de 2003

Aquel olor del colegio


El melocotón era melocoton, tan dulce, tanjugoso, como un largo abrazo de agua.
 

La cartera no solía cambiar de un año a otro. Era marrón, con dos cremalleras al menos, un asa y una barriguilla forzada por la costumbre de meter secretamente las cáscaras de las pipas que nos comíamos en clase sin que el hermano Heriberto se diese cuenta. La bata de rayas azules y blancas, muy estrechas, iba creciendo con uno y las manchas de tinta condecorada perdían presencia con el paso de los lavados infatigables de mi madre. Me peinaba con el desaire y el desarreglo de los chiquillos que aún no conocen el agotador trabajo de un presumido y me dejaba pacientemente atusar la ropa antes de salir a la calle, aquella larga cuesta de la Virgen de Montserrat que separaba la cárcel, frente a la que vivía, del colegio de los Maristas en el que se esforzaban por desasnarme año tras año. El primer día de colegio se renovaba el asombroso ceremonial de los olores: los lápices han dejado un aroma en las aulas que se resiste al paso del tiempo; pasan los años y aquella clase de primaria que me veía crecer poco a poco sigue oliendo a cuaderno, al mismo cuaderno forrado de papel morado que abría a diario con la parsimonia de los orfebres antiguos. Dentro de él estaba la vida resuelta en garabatos y, al abrir sus hojas, parecía desprenderse el mismo perfume que se evapora al abrir un tarro de esencias.

Ha quedado en las paredes, escrito en trazos de humos invisibles, y cuando abrimos las puertas nos asalta como un embozado irreconocible, y nos lleva al día en que volvíamos a vernos tras los largos meses de verano húmedo y lento, y a reconocernos algo más gansos y zancudos. Los había que parecían no crecer nunca hasta que, de repente, un año aparecían con medio metro más y un puñado de granos desperdigados por sus caras pánfilas, que eran las de todos. El colegio olía a colegio y los niños olíamos a vapor de tinta. Recuerdo el día en que nos dejaron utilizar bolígrafo: la disciplina de la plumilla nos acompañó los primeros años y ese otro olor a tintura de la que vertía en los tinteros, uno a uno, siempre el menos torpe de la clase la llevo pegada por algún pliegue del cerebelo. Y el olor que te embestía al correr la cremallera y hacerse con el bocadillo que alguna vez me envolvían en papel de calcar los patrones del Burda: el pan venía del día anterior y aguantaba el tirón como sólo aguantaban los panes de entonces, que podían ver pasar las horas antes de hacerse piedra, y no sé si era la levadura, la harina, el agua o las manos de aquella familia de la calle Argentona que luego vendió la panadería y nos dejó un tanto huérfanos a la gente de la collación, pero el pan aquel duraba más que estos panes de diseño, tan bonitos y sabrosos, pero tan pasajeros.

El pan era pan, y el melocotón era melocotón, tan dulce, tan jugoso, como un largo abrazo de agua. Fui el rey del membrillo y, quizá, de la tortilla. Y las tizas, que olían, curiosamente, a tiza, no a otra cosa. Y las sotanas de los curas, que olían a Dios casero, y a confesionario, y a la sonrisa de mosén Marsal, que era el que nos perdonaba los pecados con aquella grandeza de cura catalán que igual estaba a las novenas que a los pucheros. Tengo curiosidad por volver a oler la vida lenta de los colegios. Acompañaré a mis hijos a la escuela y meteré las narices en sus cosas. Reviviré mañana lunes la vuelta al asombro de la costumbre, de los olores de la usanza antigua, como este artículo escrito en blanco y negro.


 


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