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29 de mayo de 2005

Aquel concierto de rock


Ofrecieron una serie de encuentros que se tradujeron en un vinilo memorable 

 

Hace pocos días, el Salas, mi colega de Europa FM, me pasó, como el que pasa un tesoro selecto, una copia de uno de los conciertos por los que hubiera dado mis campos de algodón por asistir: el mítico No Nukes, del 79, en el que con la excusa de protestar contra la proliferación de centrales nucleares se juntaron unos cuantos canallas para divertirse entre ellos y cantarse canciones entrecruzadas. James Taylor, Carly Simon, The Doobie Brothers, Jackson Browne, Gil Scott-Heron, Crosby, Stills y Nash, Bruce Springsteen y otros se creían entonces lo de la lucha antinuclear (no sé si ahora piensan lo mismo) y ofrecieron una serie de encuentros que se tradujeron en un vinilo absolutamente memorable. El disco me lo sabía de memoria, pero no había visto las imágenes. Lamentablemente, en el vídeo oficial que resumió la CBS del concierto de aquel año no figura la versión del Stay de Browne –en realidad, la canción es de Maurice Williams– que ametralló Springsteen con la colaboración salvaje de su E Street Band, es decir, el sublime Clarence Clemons, Steve Van Zandt, Roy Bittan y otros animales soberbios. Pero no importa. La visión de ese concierto y la del que George Harrison y Eric Clapton ofrecieron en el Madison Square Garden en beneficio de los refugiados de Bangladesh –recuerdo haberme petrificado de impresión aquella noche del 73 en un cine de verano viendo a Leon Russel y a Bob Dylan–, el cual he conseguido no sin esfuerzo y colaboración de algún amigo, me ha sumido en una cierta y, por lo que parece, inevitable melancolía de la que no salgo. Hablamos de figuras que a mis ojos resultan incomparables con cualquiera de las grandes estrellas actuales, cosa de la edad, y que tuvo mi generación a tiro de piedra… siempre que no viviera en España.

A nuestro país tardaron en llegar los años que tardó Gay Mercader, el más grande, en convencerlos de que vinieran, con lo que había que vivir fuera para viajar por la fantasía irreductible de su genio. Uno, que anduvo por Berkeley, California, en esa época, cuenta entre sus activos haber asistido a las alucinaciones colectivas del Greek Theater de su famosa Universidad: por allí pasó aquel verano un jovencísimo Christopher Cross, una adulta Donna Summer o un sobrado Carlos Santana. Y al día siguiente tocaban los Doobies y al otro, Emy Lou Harris y al otro Linda Rondstad y al otro, Carole King y a todos los vieron estos ojitos míos sentado en la hierba de su anfiteatro al aire libre por un modesto puñado de dólares –que entonces estaba a ochenta pelas–. Y lo digo porque sé que da mucha envidia y porque es de las pocas cosas de las que puedo presumir ante mis amigos rockeros, que parecen todos íntimos amigos de los Stones o de los Hellacopters y que siempre están viajando de aquí para allá a ver a unos y a otros. Me trago lo que quieran, pero yo los vi viviendo a un par de millas, en la Alameda Road, que no se me olvida, y llegándome alguna que otra vez –mediante el BART, que ya era un AVE de entonces, tres décadas anterior– a la todopoderosa ciudad de San Francisco a ver de lo que eran capaces unos selectos canallas llamados Grateful Dead, a los que lideraba un tipo que se llamaba García y que era hijo de un emigrante gallego que fue a parar a San José, no muy lejos de allí. Pa mí se queda también. Inolvidable Uncle John’s Band. Inolvidable Sugar Magnolia. Inolvidables conciertos de mi tiempo, que, como mi música, me parecen los más épicos, los mejores, los que se podrían repetir hoy mismo por aquellos que sigan vivos.

Me he pasado a ver a los Purple, a Taylor, a Crosby, a Nash y a Young cuando han pasado por España y me siguen pareciendo igual de jóvenes, de brillantes, de sabios, de inquietos. No pasan los años por los gigantes del rock. Pasan por mí, y ya me jode.


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