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10 de abril de 2005

El paellicida primaveral


Con lo que queda de arroz, Manolo podría enfoscar la pared del cuarto de Jessica

 

Un ‘paellicida’ –lo tengo escrito por alguna parte– es aquel que reúne a los amigos un domingo y los somete a la dura prueba de comer un engrudo insípido con tropezones al que ha llamado pomposa y pretendidamente «un arrocito» –o «arrolito» en su versión sureña–, y que ha sido preparado, en pantalón corto y camiseta de playa, en una paella mucho más pequeña de lo que corresponde al número de comensales, con un grano de tipo pakistaní y acompañado de unos fiambres de corte industrial y sabor, evidentemente, también industrial. Este tipo de sujeto es una común especie primaveral y veraniega caracterizada por el uso de papel de periódico para tapar la paella «y que sude el arroz» y el abuso continuado de la frase «hosti, nene, que bueno va a salir esto», mientras lo va removiendo impunemente con un cucharón de aluminio y lo sazona con colorante alimentario y una pastilla de caldo concentrado de ave. Sus amigos murmuran continuamente aquello de «¿quién le habrá dicho a Manolo que hace bien el arroz?» y asisten, resignados, al momento de descubrir el cuadro gramíneo sembrado de rodajas de limón y tiras de pimientos morrones que bien recuerda a los llaveros en forma de paella que suelen llevarse de recuerdo los extranjeros más fieles al realismo mágico. Normalmente, Manolo consigue que se pase y se gachee hasta el grano de arroz pakistaní, que ya es esfuerzo, y acostumbra a servirlo preguntando si alguien quiere «socarrat». Si resulta medianamente tragable, también es de los que escucha lo de «dame un segundo plato, pero sólo arroz», que es una de las frases más mentadas en los jardines de España pasadas las tres de la tarde, cuando las sangrías hacen su efecto y cuando las latas de mejillones han dejado ya un surco indeleble en esófagos y estómagos. También normalmente, con lo que queda de arroz, Manolo podría enfoscar sin problemas la pared del cuarto de Jessica y parte de la mediana que separa su clorofila con la casa de los padres de Isis y Yasmina, las impertinentes vecinitas, ejemplos vivos de lo que es capaz de conseguir una buena Logse en condiciones. El paellicida se jura que el próximo domingo le echará menos arroz y procurará no tapar la paella con la página de las esquelas, ya que con el vapor uno puede leer perfectamente en el plato –merced a la tinta fácil– el obituario de un registrador de la propiedad muy llorado por toda la comunidad de regantes y por su familia y amigos.

Y eso, todo eso, ocurre porque hacer arroz no es nada fácil. Si no es porque se pasa, es porque se queda duro; si no está insaboro, está pasado de bombo y de sal. Los mismos profesionales de la paella no siempre aciertan, y no es fácil encontrar un sitio donde la media sea de alto nivel y el fallo casi no aparezca, con lo que imaginemos qué puede pasarle a un aficionado. El buen arroz, o se lo come usted en las comunidades valenciana y murciana o da con alguien que le haya cogido muy bien el pulso a las cosas. Madrid, por ejemplo, es una lotería improbabilísima. Se salva Los Arroces de Segis, que es un maestro que no acostumbra a fallar y que los hace al fuego de sarmiento, y muy pocos más. En Barcelona, con todo lo que presumen, también se cuentan con los dedos de una mano y me sobra alguno. En el resto de territorios tiene usted que adaptarse a otros arroces, normalmente guisados con perdiz, liebre o codorniz. O dejarse llevar por arroces marineros con profusión de mariscos que –no siempre– le ayudarán a sobrevivir: Manolito, en la calle Francia del Polígono Trocadero de Puerto Real (Cádiz), hace el mejor del mundo, créanme, y no está nada mal el que prepara Rosita Saldaña en La Marina, en Costa Ballena de Chipiona.

Otra semana seguiré con la relación. Por ahora tiemblen pensando que llega el buen tiempo y el paellicida se prepara para inaugurar temporada. Cuando hayan de comerlo, cierren los ojos y no respiren. Y encomiéndense a quien quieran. Aunque no les vaya a servir de mucho.


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