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5 de abril de 2015

La bestia y el soberano


Nada más rentable para un artista o sucedáneo de ello que ver suspendida la exhibición de una de sus obras. Pasan de la oscuridad a la luz y consiguen el éxtasis de poder sentirse incomprendidos y difamados a partes iguales. Toda provocación, por deformada que sea, es rentable, ya que crea una víctima. Y nada más confortable para el creador de 'arte' que un lecho victimario.

El barcelonés Macba organizó una muestra de la creadora austriaca Ines Doujak, artista desconocida para los profanos inmensa mayoría de ciudadanos y que ha pasado al dominio público merced a una composición escultórica denominada La bestia y el soberano. En ella se observa a un perro sodomizando a una figura que pasa por ser la 'activista' Domitila Barrios, que, a su vez, sodomiza a otra que pasa por ser el Rey Juan Carlos, el cual vomita flores sobre unos cascos nazis. No me siento capacitado para comprender el sentido figurado del conjunto, ya que no nací con el cociente artístico suficiente como para entender representaciones alegóricas que me tienen que explicar más de una vez, pero, al parecer, es una denuncia de algo que no he sido capaz de retener. El director del museo, Bartomeu Marí, consideró primero, con buen criterio, inadecuada la obra y decidió prescindir de ella, lo que provocó airadas protestas de los comisarios de la exposición y de varios tontos indignados. Como era de prever, al tal Marí le cayó sobre la cabeza el peso de la acusación de censor y lindezas diversas muy del ámbito en el que se mueven este tipo de personajes. Hasta tal punto le pesó esa acusación que él mismo terminó creyéndosela. Y para escapar de la etiqueta de 'censor', reculó e inauguró al fin lo que había mandado cancelar a la vez que ponía su dimisión sobre la mesa. Doujak debió de pensar que para una vez que llega a Barcelona merecía la pena regurgitar ácidos fáciles. Pero se quedó corta, lo cual desdice su espíritu transgresor: realmente hubiera epatado mucho más si en lugar de representar al Rey emérito hubiera reproducido la figura de Artur Mas o de Jordi Pujol. Marí hubiera prescindido igual de la obra al menos en un primer momento, pero una corriente de indignación mucho mayor y de diferente sentido hubiese recorrido las mentes de los que hoy consideran improcedente la suspensión. Doujak tendría mucha más dosis de placer ante el hecho evidente de tener que esquivar los salivazos de la Cataluña oficial, que es casi toda.

La tontería del arte posmoderno alcanza cotas estratosféricas. Ya es sabido que en la reciente edición de ARCO, una galería exhibía un vaso con agua a media altura del artista cubano Wilfredo Prieto valorado en 20.000 euros. En realidad, lo que vendía el galerista no era el vaso todos tenemos esa obra de arte en algún rincón de casa, sino el certificado de autentificación del artista. Vende la firma, no el vaso. Dalí extendió unas sábanas en el suelo con dos tortugas con escobilla en la cola; la pintura que estas llevaban configuraron al cabo de las horas de lento movimiento un dibujo que todos los presentes afirmaron que nada valía. Hasta que Dalí se agachó y lo firmó. Entonces preguntó: «¿Y ahora?».Esas cosas que ya hizo antes Duchamp cuando colgó un inodoro de la pared vienen a demostrar que una serie de individuos han decidido que el arte es lo que un artista dice que es. Y mientras haya un sujeto que esté dispuesto a pagarlo, ese mercadeo llegará al ridículo. Hay siempre aficionados que les prestan permanente atención y los artistas o sucedáneos se ven obligados a retorcer la creación hasta la gilipollez. El esnobismo de unos cuantos hace, por demás, que consigan pingües beneficios incluso con obras que esconden siempre algún fracaso anterior.

Conocido es el múltiple anecdotario que atesoran los operarios de limpieza de varios museos que, en exceso de celo, se han llevado por delante lo que creían, en rigor, que era basura extendida, cuando eran provocaciones varias de excelsos especialistas en la tomadura de pelo. Las limpiadoras, como inocente brigada justiciera del arte, ponen sin saberlo las cosas en su sitio: dejan lo aparente y desechan los escombros.

La posmodernidad, en pocas palabras, se agota. Y eso cuando apenas cree haber nacido.

 


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