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3 de octubre de 2004

A vueltas con Dylan y Serrat


Ayer desempolvé un viejo vinilo en cuyos surcos he dejado más de un sueño

Hubo un día en que Dylan se electrificó. Tomó un cable, por así decirlo, y se enganchó a la luz: su guitarra ya no volvió a tener el sonido de vieja madera agrietada con la que acompañaba a aquella voz extraña y nasal, pero, inevitablemente, adquirió una fuerza que lo arrasó todo y volvió la música boca abajo. Los vigilantes más severos de la llama del folk le llamaron traidor y empezaron a escupir en las fotografías que se habían hecho a su vera en el festival de Newport tan sólo un par de años atrás, cuando, corriendo el 63, creyeron ver al mesías de su música en aquél tipejo raro, misterioso, huraño y espeso.

En realidad, Dylan no había hecho más que volver a su raíz más auténtica, que fue el rock eléctrico que manejó en los clubs del Village de Nueva York con mucha voluntad y poco acierto en sus primeras bandas juveniles, pero los asistentes a la edición del 65 del mismo Newport le hicieron pasar un rato desagradable. Con menudo fueron a dar. Interpetó dos o tres piezas y le dijo a la banda de blues que le acompañaba: “Vámonos: aquí no hay nada que hacer”. Aquello no duró demasiado: un espectador inglés le gritó “¡Judas!” en el 66, pero tras él fueron apagándose las voces críticas de todos los que militaban en los sonidos humildes del folk, radicalmente anti-pops los cogieras por donde los cogieras. Recientemente, en el 2002, Dylan volvió a Newport y arrasó desde sus sonidos eléctricos sin ni siquiera pedir permiso. Nadie dijo ni pío. No podían decir nada de un músico profundamente antipático e impenetrable, que no se esfuerza lo más mínimo por ser amable, pero que fue capaz, en su día, de influir claramente sobre el cuarteto más estelar de la historia de la música –The Beatles--  además de condicionar ideológica y anímicamente a un par de generaciones.

Ese pasaje de la vida de Dylan me vino de nuevo a la cabeza cuando escuché abuchear a Joan Manuel Serrat en la pasada Diada del once de septiembre en Barcelona. Comenzó a interpretar “Cançó de Bressol”, balada de cuna que se inicia con un par de frases en castellano en las que el autor rememora coplas de siega de la tierra de su madre, y unos cuantos, no pocos, energúmenos, se sucedieron a llamarle “traidor”, amén de silbarle como si estuviese insultando a la senyera. Vaya por Dios, qué triste es la incultura que se ceba en la cabeza de cebolla de los nacionalistas radicales, pensé. Y todo eso por no esperar a que comenzase a cantar la canción en sí, íntegra en catalán. Pero qué más da. El que nace burro e intensifica los intentos por especializarse, muere, por lo general, muy burro.

A Serrat le pasó como a Dylan: el día en que el de Pueblo Seco decidió ampliar su mercado y cantar en castellano sufrió el mismo abucheo que Zimmerman cuando éste conectó su guitarra a un amplificador. Sin embargo esas voces se callaron así que pasó el tiempo y la sensatez y el éxito se impusieron. Serrat no tenía por qué cantar en castellano de no haber querido, pero lo hizo porque le salía de dentro. Lluis Llach, por ejemplo, no lo hizo jamás y no ha pasado nada: afortunadamente ha seguido cantando en catalán, que es lo que le pide el cuerpo y la mente, y nos ha emocionado a todos sus seguidores en su propia lengua con creaciones inalcanzables.

Viene todo esto a cuento de que ayer noche desempolvé un viejo vinilo en cuyos surcos he dejado más de una noche y más de un sueño: “Bringing It All Back Home”. Vale que “Mr. Tambourine Man” fue un himno, pero déjense llevar por “It´s Allright, Ma (I´m Only Bleeding)”. A mí, al menos, me ha inspirado un artículo en el que afirmar que los genios sobrevuelan sobre


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