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25 de abril de 2004

Yo no soy muy feriante


Conocida es entre mis íntimos mi poca afición a las ferias en general. No se trata de prevención cultural ni anímica, tampoco de deslealtad ciudadana ni de apocamiento personal; soy, por lo general, jocundo y plácido y me siento ligado por las entrañas a todas las manifestaciones tradicionales en las que nuestros compatriotas extravasan su alegría histórica, pero me resulta difícil desenvolverme con naturalidad en los escenarios festivos de la misma manera que un esquimal tiene ciertos problemas de costumbre para vivir a sus anchas en Gabón.

No digo que no pueda vivir; digo que no le es fácil vivir a sus anchas. La Feria de Sevilla, sin ir más lejos, que es la feria de mi ciudad y que atesora la categoría de Feria Por Excelencia, suele ser visitada por quien subscribe no más de cinco minutos: el albero que cubre sus aceras me produce una alergia extraña --tiene en vilo a varios facultativos y es tema obligado en no pocos congresos especializados--  la cual ciega mi visión y ocluye mis fosas nasales, impidiéndome la contemplación serena del hermoso y espectacular paseo de caballos o la ingesta mínima de una simple manzanilla sanluqueña.

La glotis, por demás, se me cierra haciendo imposible que pruebe el sabroso jamón que te ofrecen generosamente en las casetas o la pertinaz tortilla de patatas con la que se gusanea el hambre de media tarde. Un drama. Tal es la situación que jamás he conseguido bailar una sola sevillana sin atizar dos manotazos a mi pareja, ya que, al no verla, no controlo los cruces debidos; mi legendaria torpeza coreográfica, qué decir, hace el resto.

No pocos amigos con caseta tienen la deferencia de invitarme año tras año, inasequibles al desaliento, y no saben ustedes lo desagradable que resulta declinar, uno tras otro, los ofrecimientos a la alegría: suelo argumentar –y es cierto--  que no sabría siquiera llegar a donde está instalada la Feria ya que, si bien sé su emplazamiento, desconozco los caminos señalados por la autoridad municipal para acceder al Real y puedo acabar, tranquilamente, en Huelva. El año que voy, me llevan. Y me tienen que sacar al poco, con lo que suele siempre molestarse aquél que se ha hecho cargo de mí ya que entre ida y venida pierde media tarde.

Eso ha ido haciendo que yo no sea muy feriante, lo cual queda dicho así para no molestar a nadie: en ocasiones, no pocos conciudadanos míos se muestran un tanto disgustados por mi postura personal ante una de las más grandes citas festivas del calendario mundial, orgullo de Sevilla y de España.

A ellos les digo siempre que la mejor garantía para divertirse en Feria es que yo no aparezca: no sé cantar, no sé bailar, no me gusta beber demasiado vino, caigo mal a caballo, visto mal el traje corto, tengo un compás pa matarme, alterno muy malamente, no me gusta contar chistes, me sienta mal el sol de mediodía, me entra sueño pronto... y, además, lo de la maldita alergia hace que casi no pueda ver y no conozca a los que me conocen y saludan, extendiéndose entonces la suerte de que valiente creído estoy hecho que ya no llamo a la gente por su nombre.

Tengo también un pavoroso miedo a perderme en un recinto que no conozco, a tropezar con un carrito de niño chico, a atragantarme con una gamba, a que me saquen a bailar y entonces la jodamos, a no saber donde ir –no conozco bien las calles ni las direcciones de mis amigos-- y a no saber volver. Lo que se dice un auténtico “sieso”.

Si ustedes han dispuesto viajar a nuestra Sevilla con motivo de esta Feria que empieza por lo visto ya, les alabo el gusto y les invito a confraternizar con los sevillanos. Tengo entendido que las casetas son mayoritariamente privadas, pero también sé que una amistad les abrirá todas las puertas. Disfruten y admiren.

Si quieren encontrarme lo


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