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4 de abril de 2004

Dos hombres buenos (I)


Mi abuelo Carlos, al que no conocí ya que la guerra se lo llevó por delante, era un empedernido lector de El Quijote que tan solo dejó en herencia, como los buenos diplomáticos, educación, buenas maneras y una interesante biblioteca menguada por las batallas, los asaltos y las mudanzas.

Todo lo que he sabido de él me ha llegado por el viejo armario de dos cuerpos en el que mi abuela Cecilia almacenaba los libros que habían conseguido sobrevivir a las inclemencias de la época y en el que abundaban diferentes ediciones del best-seller de Cervantes y no menos estudios científico-literarios sobre el mismo.

Cuando, de pequeño, abría las hojas de aquella alacena letrada, me sumergía en un misterioso y fascinante mundo de aventuras que, sin yo saberlo, me estaba envenenando la vida y me conducía, indefectiblemente, a amar los libros y su circunstancia, a conocer a autores insospechados y a llenar mis sueños de fantasías inacabadas.

Esos mismos volúmenes que hoy tengo conmigo y que están al alcance de mi vista con sólo levantar la mirada del ordenador en el que escribo, distrajeron no poco las largas tardes aburridas de mi infancia, los ratos perdidos de mi adolescencia y las noches insomnes de mi edad adulta, esa en la que a pesar de mi aspecto insultantemente joven ya me encuentro.

Mi abuelo Carlos, un caballero de antiguo a decir de quienes le conocieron, que cayó víctima de la última bala de la guerra que disparó un anarquista en plena huida, era un civil de los que creía que la España que le había tocado vivir estaba tan maldita como alguno de los escenarios de su amado Alonso Quijano.

El pobre intuía que habría de pasar mucho tiempo antes de que los molinos amenazantes que retaban a Don Quijote dejaran de ser los gigantes en los que, en realidad, se habían transformado. Tenía razón. Pero ese no es el asunto que me ocupa.

Mi padre, en las épocas de estudiante de medicina en las que había de compartir la fisiología con el asueto, completó algún estante de la librería con los volúmenes de José Mallorquí --el escritor que mejor ha descrito California sin haberla conocido nunca--, con los que combatía la rutina del tranvía que le llevaba desde la casa de mi tía Lola, la cubana más artista de Martí hacia aquí, donde vivía, a la puerta en la que rondaba a mi madre, tarde sí, tarde también.

Aquellos volúmenes de “Dos Hombres Buenos” marcaron mi infancia aún más que cualquiera de los muchos autores que manejaba mi abuelo, desde Palacio Valdés a Pirandello, con los que había llegado yo a tener esa confianza insospechada que sólo tiene el fantasioso que ha entrado en los relatos a formar parte del reparto protagonista. Angel Herrera, mi padre, muerto también prematuramente, era un fanático de El Coyote y, como en el caso del hidalgo caballero español Don César de Echagüe, tenía un elevado sentido de la justicia social que le llevó a ejercer la medicina como la ejerció, cosa que no es ahora para detenerse en ello pero a lo que habré de volver algún día, y que le permitió trasmitir a los suyos, como toda herencia, los libros de Mallorquí, su gran tesoro.

A ellos vuelvo una y otra vez ya que nadie ha descrito jamás la conquista del oeste como lo hizo este sencillo pero monumental novelista popular y guionista de radionovelas de quien el insuperable Ramón Charlo escribió un estudio biográfico prologado por Blanco Chivite que ahí está para el que quiera deleitarse.

Los más viejos del lugar recordarán los seriales que la radio regalaba tarde a tarde a los españoles que transitaban por los años cincuenta y sesenta y que protagonizaban personajes tan rotundos y completos como Lorena Harding, Risueño o el mexicano Gutiérrez: Mallorquí paralizaba España a diario gracias a la densidad humana de su relato y a l


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