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18 de enero de 2004

Un turista en Laponia (I)


Se supone que un turista es un individuo que viaja a un lugar concreto con el objeto de distraerse, cambiar de aires y conocer la esencia real del mismo. Nada indica que sea imprescindible asistir a sesudas conferencias históricas o a debates geopolíticos específicos de la realidad que va a conocer, ni que tenga que pasar diez días consultando enciclopedias o empapándose del nivel de renta agraria o estudiando al por menor el alcance de la deuda de la seguridad social del estado anfitrión. Todo eso está claro. Lo que no se entiende es que todos los turistas que en el mundo son tengan que pasar por el aro de asistir a costumbres, lugares y tradiciones que en absoluto visitan los propios del lugar y que no son más que un circo artificial creado con el fin de responder a la supuesta imagen que trae el visitante. Un poner: a ninguno de los sevillanos que conozco se nos ocurre colocarnos un sombrero de ala ancha color rojo y ponernos a comer paella con sangría en el Barrio de Santa Cruz a las dos de la tarde bajo un sol justiciero, prueba  del diez a la que, en cambio, sí se someten todos los turistas que atentamente llegan a la orilla del Guadalquivir. Reflexiono acerca de ello ya que he tenido el frío privilegio de visitar Laponia, Finlandia, este fin de año y he podido llegar a la conclusión de que todos los que señalamos con guasa a los turistas en nuestro propio patio nos comportamos como tales en cuanto cruzamos los límites que nos separan del más allá. Nada hay peor que parecer un turista y comportarse al uso y manera, sí, pero ni el más experto en simulacros es capaz de pasar inadvertido como tal. De viaje por ese ensabanado paisaje en el que los abetos sólo pueden crecer los dos meses en los que no sopla el viento ártico y en los que la temperatura empieza a parecer algo transitable y no un castigo divino, fui sugerido de visitar algo que no debía perderme bajo ningún concepto y que era una especie de restaurante exótico llamado “Snowland” que tenía la peculiaridad de estar construido totalmente de hielo. Sí, sí, de hielo: en el país del hielo, un restaurante de hielo, ¡Qué ilusión!

No hubo más remedio y hube de visitarlo. El taxista que me dejó en la puerta del “igloo” me recordaba la cara de guasa con que los taxistas de Madrid dejan a los guiris en los tablaos de los alrededores de la Plaza Mayor y su insistencia en esperarme a que acabara de cenar me previno de que aquello era una encerrona para turistones. Dicho y hecho. El restaurante era, en rigor, de hielo. Mesas de hielo, suelo de hielo, paredes de hielo. Con todo eso de hielo, como parece lógico, hacía un frío espantoso, y tenías que cenar con guantes de nieve, hanorak especial, pantalones forrados, botas de “apres sky” y todos los forros que hubiera a mano. Unos camareros que surgían de una habitación con calefacción dejaban amablemente la comida en la mesa y se volvían a guarecer en su cocina antes de que el helor los matara, mientras grupos de guiris anonadados por lo inverosímil del lugar hacían fotos como descosidos antes de caer en la cuenta de lo incómodo que resultaba sentarse a esperar la puñetera sopa de salmón con nata que estaba diseñada como menú. Cómo sería la cosa que por vez primera en mi vida hube de pedir que calentaran el vino. A Mariló Montero todo aquello le parecía muy divertido y excitante hasta que recibió la cuenta de la rápida cena --nos repugnaron tres platos en apenas quince minutos-- que habíamos degustado: el leñazo era de aúpa y no revestía signo alguno de piedad. Tras veinte minutos absolutamente incómodos me pregunté cuántos finlandeses acostumbraban a cenar allí al cabo del año y yo mismo me contesté con la obviedad de que ninguno. Yo le digo a algún amigo de Romanievi, que los tengo, que vayamos a cenar al restaurante de hielo y me dicen si es que me he vuelto loco, lógicamente. Salí sacándome los mocos con alicates y pensando en cómo iba a esc


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