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31 de mayo de 2010

SHANGHÁI: ESTO ES LO QUE HAY


El día en Shanghái dura 24 horas, pero cualquiera diría que dura mucho más. Agotadora, exuberante, sorprendente, arrebatadora, Shanghái da el aspecto de estar recién construida, a pesar de arrastrar cientos de años de historia convulsa, llena de comerciantes, pescadores, mafiosos, comunistas fundadores, extranjeros, fumadores de opio, ocupantes japoneses, franceses, británicos, buscadores de fortuna y, ahora, hordas de turistas en busca de la imitación perfecta y de hombres y mujeres de negocios en busca del acuerdo interminable con los chinos, algo, por lo que se ve, tan difícil como aprender mandarín. La ciudad fue el ensayo piloto de la política de Deng Xiao Ping, tendente a inventar el capitalismo de Estado: así, en lo que eran huertas nacieron rascacielos, y en lo que eran barrios históricos nacieron negocios occidentales sin ningún tipo de reparo. Sólo veinte años atrás, o quizá menos, si usted se hubiese asomado a la espectacular terraza de M on the Bund, restaurante de moda más atractivo por las vistas que por la carta, hubiese contemplado la vista de Pudong, barrio al otro lado del río, sin que le llamara nada la atención. Hoy, en cambio, es el perfil de Skyline más espectacular del mundo, especialmente de noche, ya que los chinos iluminan hasta los árboles como si siempre fuera Navidad. Pasear por el malecón del Bund, barrio histórico con una primera línea fluvial de edificios de principios de siglo literalmente magníficos, es apercibirse de lo que estos tipos han sido capaces de conseguir: a base de sacrificios, injusticias, trabajo resignado y orden impuesto por el Partido –las dictaduras es lo que tienen– han establecido un crecimiento económico fuera de toda lógica que los lleva a acariciar la idea de poder ser la primera potencia del mundo así pasen otros veinte años. Lo cual no quiere decir que toda la China sea como Shanghái, ni mucho menos: al que le haya tocado nacer, y por lo tanto vivir toda la vida, en una pequeña población de interior que se vaya resignando.

A quien le guste la comida china, que por lo que se ve no tiene nada en común con la que se sirve en los restaurantes chinos de España, parece que en Shanghái tiene su paraíso. Digo `parece´ porque yo me abstengo. Sí, soy un carcamal, un paleto, un españolito obsesionado por la paella, vale, pero la comida china no me interesa: yo necesito saber lo que estoy comiendo, y todo plato chinorri es una incógnita absoluta. Hay, como no podía ser de otra manera, grandes restaurantes internacionales en Shanghái: Jean Georges, Berasategui, T-8, Katheleen, Danieli´s, en los que comer agradablemente sin necesidad de volcarse en la aventura de la cocina incógnita. No son tan caros como en sus metrópolis respectivas, por cierto.

No es cara la ciudad de Shanghái. Un viaje en taxi de duración larga –toda una experiencia si consigue comunicarse con el taxista– le resultará, al cambio, unos tres o cuatro euros. Y en los mercados de imitaciones, como el que está bajo el Observatorio y Museo de Tecnología de la ciudad, encontrará la ropa que venden en los grandes y selectos comercios de la calle Nanjing o de la calle Huaihai, pero veinte veces más barata. Incluso un sastre le hará un traje en 24 horas por poco más de 60 euros. Y podrá comprar relojes que se le pararán en un par de meses, pero con los que dará el pego y por los que tendrá que regatear sin piedad. Si no regatea, defraudará mucho a su vendedor. Muy poca gente habla inglés, así que desarrolle capacidad mímica. Haga como Naranjo, que para preguntarle a un chino del Centro Comercial dónde estaba el váter hizo el gesto de cogerse la minga con las dos manos y orinar consecuentemente: algo hizo mal porque el chino lo llevó a una tienda de palos de golf.

Los chinos son, por lo general, amables y educados, por mucho que entre ellos hablen a gritos o aún escupan, aunque cada vez menos, por la calle. Han visto cambiar su país de forma vertiginosa desde el momento en el que ahora pueden soñar con hacerse millonarios y hace poco más de treinta años sufrían la rabia represora de la Revolución Cultural de la chiflada aquella de Jiang Qing, esposa de Mao, otro que tal. Shanghái, si se superan las dieciocho horas de viaje, bien vale un paseo. Incluso jugarse la vida cruzando calles con semáforos meramente orientativos, el máximo peligro de una ciudad segura. Y ciertamente espectacular.


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