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14 de marzo de 2010

LA HABANA DE OSCARITO GÓMEZ


Oscarito Gómez no tendría más de once años cuando salió de La Habana camino de España. Su padre, el doctor Gómez, y su madre, española de Santander, viraron para Europa poco después del cambio de régimen mediante las armas que llevó a aquellos simpáticos y barbudos muchachos al poder con la promesa de acabar con la feroz corrupción de los gobiernos de Batista y antecesores y la de dejar de ser un casino de los norteamericanos en el patio trasero de su casa. La literatura revolucionaria, ya se sabe. Oscarito creció, pues, en España, a la que consagró su juventud y su trabajo ejemplar como músico y productor de grandes estrellas del firmamento musical. Nadie que haya pasado siquiera tangencialmente por la industria discográfica ignora quién es Óscar Gómez, armador de éxitos indiscutibles de Celia Cruz, o de Bosé, o de Rocío Jurado, o de Chayanne, o de Julio Iglesias. Ha compuesto desde el famoso Gloria, de Umberto Tozzi, al Padre Nuestro de la Misa Campesina, ha ganado cinco Grammys y puede haber vendido cerca de veinte millones de discos. No está mal. Los hay que han hecho menos y parecen la última Pepsi-Cola del desierto.

Oscarito, sin nada que se lo impidiese, no había vuelto a La Habana, la ciudad que llevaba tatuada en el recuerdo de una infancia feliz y despreocupada, de yuca y sol, de calles regadas, de sones perpetuos, de correteos por zaguanes, de baños en Guanabo. Lo vi subir al avión invadido por ese polvillo invisible que desprende la inquietud y el frenesí. La gran Serafina Núñez escribió que el tiempo no es más que un esquivo dromedario que busca sus oasis en las almas y que, en muchas ocasiones, apaga el esplendor de los augurios: ¿qué podía, en realidad, encontrarse Oscarito, en la calle 23 del Vedado, donde su padre pasaba consulta, donde sus juegos lo llevaban a trotar entre Presidentes y Paseo, donde sus compañeros de infancia no recordarían a aquel niño travieso convertido hoy en un hombre de barba y cabellera blancas? Probablemente, poco. O no. El tiempo, el dromedario arisco del poema, se había detenido hacía cincuenta años, nada había podido derrumbarse porque nada podía crecer en su lugar, nadie había podido marcharse ni nadie podía venir a ocupar su puesto. La primera persona que encontró Oscarito tenía la luz intacta del pasado: «¿Tú eres Inesita la del Francia?». «Sí y tú, Oscarito, el hijo del doctor Gómez.» La calle era la misma; la esquina, la misma; la escalera, la misma; la vecina, la misma; y las pestañas de madera de las ventanas con las que esquivar la luz inquieta de la tarde, las mismas. En ese momento se hizo cierto el verso: le invade el mar y borra sus contornos.

Oscarito, yo lo vi, insisto, paseó con tenaz alborozo de numismático por una ciudad que era idéntica, pero que ya no se parecía en nada a la de sus vértigos infantiles, sus arco iris inauditos, sus olores calientes de pan y boniato. La Habana había muerto años atrás y, con ella, parte de la memoria gozosa. Quedaba la dolorosa, que también hermosea en momentos de bajura, pero que no consuela a tiempo completo. En La Habana, tras el llanto del reencuentro con el viejo Francia, con Isaías El Bobo, con la Inesita de trenzas doradas y sonrisa picarona, Oscarito también se encontró con la crueldad de un sistema tiránico capaz de torturar y dejar morir a un preso apellidado Zapata, ese al que un imbécil vestido de actor revolucionario ha tildado de delincuente y terrorista. Oscarito, entre el alborozo en el llanto y la llovizna en la risa, no tuvo más remedio que recordar los versos de Rolando López del Amo: «¿Qué flota más allá de tu presencia, qué no pensada soledad, qué sombra? Tú me recibes como vieja estancia, y es amable el estar, pero da miedo la puerta de cristales en el fondo. Cuando diga tu nombre, ¿en qué oscuro rincón vas a escucharlo?, ¿por qué calles habrá que ir entonces, buscando, preguntando? ¿Quién podrá detenerte si la más alta voz no te lo pide? ¿Cómo será quedarse en el recuerdo y no ser más que imágenes antiguas que ya no pueden sorprender? Tú, lejana y extraña en tu silencio, en esa forma de callar ausente. ¿Por qué brecha del tiempo, por qué largo camino de las horas encontraré las huellas de tus pasos? Está la niebla en el portal, duele la vida».


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