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31 de enero de 2010

LAS CINCUENTA VIDAS DE PACO CANO `CANITO´


Paco Cano Canito nació, si no me equivoco, en el año 1912. Es decir, este que corre es el 98 de su cuenta. Cualquiera lo diría en viéndolo trabajar en los callejones de las plazas de toros bajo su inevitable gorra blanca y con su cámara en ristre, de un lado a otro, con una agilidad y presteza envidiables. Paco Cano es fotógrafo taurino y trabaja en toda España, de plaza en plaza, a las que se desplaza conduciendo su Mercedes sobre un par de cojines que le permiten dar la altura ante el volante. Es la única altura por la que tiene que preocuparse Canito: las de todas las excelencias las ha alcanzado con creces. Los aficionados taurinos lo conocemos sobradamente: no falta a ninguna cita importante y dispara con la precisión de quien antes se ha puesto delante de los novillos, de quien sabe cómo se mueve un toro y hacia dónde. Canito quiso ser torero en su Alicante natal, probó fortuna con el boxeo y aprendió el oficio de la fotografía de la mano de un amigo madrileño que lo acogió durante la Guerra Civil. Desde entonces hasta hoy, Canito ha fotografiado la vida y sus alrededores. Y ha sido testigo del desfilar de unos personajes irrepetibles, acerca de los cuales gira el primoroso libro que se acaba de editar (ROM Editors) con algunas perlas de su obra monumental, esa que tiene guardada en varias habitaciones de su casa y que se traduce en algo más de un par de millones de negativos, esa en la que tuvo que bucear Andrés Amorós con paciencia de orfebre para seleccionar los personajes de una época pasada traídos hoy al presente en una edición abracadabrante. El profesor Amorós trenza el relato de lo que Canito escribió con imágenes: siempre con su cámara al hombro, amigo de los más grandes toreros de todos los tiempos, disparó sobre aquellas celebridades que el mundo del toro congregó al calor de su indudable y misteriosa atracción. Los nombres de Gary Cooper, Orson Welles, Ernst Hemingway, Bing Crosby desfilan atrapados en un gesto por el objetivo de Canito, sabedor él de que un fotógrafo es el raptor de un instante, el ladrón de una décima de segundo diferente a la que lo sigue y a la que lo precede. Cuánto más en una faena ante un toro: gracias a un fotógrafo oportuno, un muletazo mediocre puede parecer el natural más bello de la historia, un capotazo se puede dividir en cien posibilidades estéticas todas distintas y hacerse carne sublime o pasaje del olvido. Ahora las cámaras digitales permiten disparar sin recato y a velocidad de rayo, pero no hace mucho, en tiempo de negativos, disparar costaba dinero y limitaba las ráfagas, de tal manera que un fotógrafo no sabía si portaba un tesoro en su cámara hasta meterse en el cuarto oscuro y revelar el secreto de un carrete. Ni que decir tiene que Canito fue de los primeros en hacerse de la tecnología digital.

En la portada, como parece lógico atendiendo a quienes conocieron su esplendor, Ava Gardner muestra toda la salvaje belleza de su rostro animalmente perfecto. Como símbolo de la exuberancia de unos años irrepetibles, Ava preside el desfile de quienes vinieron a una España que despertaba de la pesadilla de la posguerra y en la que la felicidad parecía posible. Tras ella, lógicamente, Manolete, y con Manolete, Lupe Sino. Canito fue el fotógrafo que inmortalizó la muerte del califa cordobés aquella tarde aciaga de Linares, hace más de sesenta años. Es decir, en 1947, Canito ya estaba allí. Y se llevó en su película el cuerpo amortajado del torero más gótico de la historia, el que parecía salido de un cuadro del Greco, el que inauguró el tiempo del luto colectivo, el hombre estoico, cariacontecido, solitario. Pero no busquen su muerte en este libro, busquen su vida al lado de la mujer que amaba en fotografías únicas realizadas por un hombre único. El mismo que parece haber vivido todas las vidas que ha retratado. Al menos y a buen seguro, las de la cincuentena que trae a este libro bellísimo, demoledor y primoroso.


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