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20 de diciembre de 2009

SANTO ESTEVO, ALLÁ EN LO ALTO


Puede que sea uno de los paisajes más portentosos de Galicia: la Ribera Sacra, lejos de la mar, donde se pulverizan todas las comparaciones. Allí, en las riberas del Sil, del Loña, del Mao, el espectáculo no consiste en ver batirse el agua contra la paciencia desgastada de las rocas, ni en la desnudez de playas inauditas ni en las redes y las escamas de los muelles pescadores. En los cañones del Sil, el teatro de la naturaleza invita a otra visión aún más conmovedora: ver cómo el agua, el río, se va abriendo paso a codazos por la vegetación y el paisaje, y cómo desde lo alto de Ribas de Sil los amaneceres miran con el desdén de la altura a las nubes y a la niebla, que forman entrambas una cama algodonada sobre la que apetece lanzarse. Santo Estevo está justo ahí, arriba del todo, en la verdísima soledad de las alturas orensanas y es, gracias a Paradores, un alojamiento sobrecogedor y definitivo. El monasterio tiene origen incierto: puede que se construyera en el siglo VI, que vete tú a saber cómo era Galicia entonces, aunque los primeros documentos que atestiguan su existencia son del final del primer milenio. Diversas órdenes monásticas se sucedieron en el monasterio y cada una de ellas adaptó el edificio a sus necesidades, pero no fue hasta la llegada de la Regla de San Benito cuando se estabilizó la administración y se gobernó con continuidad y particular disciplina. Los benedictinos reorganizaron el trabajo –imagino que crearían su imprescindible licorería, aunque aún no hubiera nacido el gran Germán, fraile de Leire, que tan buena mano tiene para el alambique– y dieron esplendor al conjunto monumental, como casi siempre hacen. Pero llegó Mendizábal y mandó a desamortizar. La deuda española era aún mayor que la que contrae a diario el Gobierno actual y se decidió dar vía libre en subasta a lo que el Gobierno consideraba inmuebles y fincas en «manos muertas», resultando que muchos conventos, iglesias y monasterios fueron vaciados y puestos en venta. Unos se los quedó el propio Estado, otros se destruyeron, otros cayeron con las reformas urbanas y otros pasaron a manos privadas. Más que desamortización, hubo dispersión, y después de la de Mendizábal llegó la de Madoz, aún más considerable, aunque toda la fama se la lleve el primero. El Gobierno hizo caja, que es a lo que iba, aguantó unos años hasta que se volvió a endeudar hasta las cejas y Santo Estevo, como otros enclaves, cayó en un largo letargo del que no empezó a despertar hasta mediado el siglo XX. Volver a ponerlo en pie no tuvo que ser fácil, pero una extraña combinación de delicadeza y buen gusto –extraña porque, desgraciadamente, no ocurre siempre– acabó por restaurar el atronador edificio, sus claustros, sus patios, sus habitaciones y convirtió en hospedería lo que fue un puntal de la arquitectura monástica gallega. Justo es decir que quien supo reencontrar el alma del monasterio y combinarla con un negocio de hostelería fue el arquitecto Alfredo Freixedo.

Dejarse caer por la Ribera Sacra –no en la literalidad de sus laderas escarpadas– es preguntarse por qué aquel enclave atrajo la presencia de tantos monjes y eremitas y mereció la construcción de tantos templos y monasterios. Tal vez el paisaje los invitaba a la soledad, tal vez a la reflexión, tal vez al cultivo de vino, tal vez a todo al mismo tiempo. Hoy las uvas de la Ribera Sacra, mencía, godello, albariño, transportadas a las bodegas en barcas por el río, brindan unos vinos más que estimables con los que acompañar la aplastante calidad de la materia prima gallega, esa que me sigue haciendo inolvidable aquel lejano rodaballo de Muxía, aquella nécora de Santiago o esta otra centolla –recién abierta la veda– en las mesas de Paco Durán, en Bayona, asomados al caprichoso regateo de la costa de la ría del pueblo de González-Besada.

Galicia, a la espera. Santo Estevo, con el alma suspendida, allá en lo alto, oteando la llegada de los nuevos místicos.


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