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31 de octubre de 2003

¿Qué desayunaba usted?


Algunos nos hemos criado a golpe de aceite y azúcar. Mi infancia en aquel consulado almeriense de la calle Pérez Galdós de mi idolatrada Barcelona está llena de hoyos de pan en los que caían, como una lluvia lenta y espesa, gotas de un aceite antiguo. Volvía de la escuela y me esperaba un pan de los de antes, tozudamente crujiente aun así pasaran las horas, siempre lentas, librado por las manos limpias de mi abuela Cecilia. Caía también el azúcar, y con él, la forja de la memoria futura. Y de mañana, siempre muy de mañana, las sopas de café, cuando no el inconfundible olor del tueste de una poderosa rebanada a la que regarle la savia de esos olivos que más que plantados parecen escritos en la tierra. Afuera hacía frío y en mis adentros, sin saberlo, se criaba un sentimental. Tengo fresco en mis protocolos la pelea de aquellos sabores, amargo el uno, dulce el otro, y a ellos vuelvo machaconamente cada amanecida, soñando el visillo entreabierto que dejaba ver la hora en el reloj de la iglesia de Lesseps y que siempre decía que se hace tarde, chiquillo, que se hace tarde. Es hoy, taitantos años después, y no sé pisar el día si antes no he pintado las paredes de mi estómago con un poco de la memoria aquélla criada en torno a una pequeña mesa camilla sobre la que pendía una bombilla de cuarenta amparada por una pantalla de metal. Salgo a la calle y busco. Normalmente sé donde encontrar, ya que uno se hace rápidamente con el plano de sus acudideros imprescindibles, pero si las luces nuevas me asaltan en una ciudad sin mapas cotidianos, caigo en la cuenta de que el día no será el mismo. ¿Por qué no se tuesta bien el pan en la mayoría de bares de España? ¿Cuál es la razón que lleva a miles de establecimientos a ofrecer una espantosa pastilla de mantequilla como primer saludo de la mañana? Tras no pocos años de ir y venir he llegado en mi vida a una de las pocas conclusiones que me atrevo a aseverar con contundencia: los dos mejores lugares que el mundo nos brinda para_desayunar son Sevilla y Barcelona. En una no falta el pan, el mollete, la viena moderadamente tostada y cabalgada por aceites, sobrasadas o jamón; en la otra es una delicia cualquier pan sabiamente restregado por el tomate (hay que saber hacerlo, no vale triturarlo y esparcirlo con cuchara), regado por aceite y ocupado por fuet o butifarra blanca. La misma conclusión me lleva a lamentar que el peor emplazamiento para masticar el primer sabor del día sea Madrid: se tuesta, si quieren hacerlo, un pan sobre una plancha que le da un sabor inequívoco a la mantequilla que previamente desperdigó el asistente y escasamente te ofrecen algo más que fiambre dudoso. En Madrid, donde tan bien se come, se hace mal café y se mezcla con demasiada leche, la bollería es regular y los bares huelen demasiado.

Un primer saludo a ese campo de batalla que es cada nuevo día, exige el confortable mimo de un primer bebedizo como aquéllos que de mañana nos dejaba caer la sabiduría de nuestros mayores. Tan sólo siendo un niño feliz durante el breve episodio de un café bebido seremos hombres y mujeres resueltos. Déjese de tonterías. Desayune como Dios manda, con usted mismo, con aquél que siempre estaba a punto de llegar tarde a clase y que salía de casa con la última gota de aceite tintándole los labios.


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