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17 de septiembre de 2017

Don Eugenio y don Francisco de Buitrago


Quien se acerque a Buitrago del Lozoya tiene múltiples opciones para entretenerse. A esa sierra la llamaban en tiempos la ‘sierra pobre’ de Madrid. Puede que todavía haya algún individuo que se acomode al empleo simple de la costumbre, mas un paseo por Horcachuelo, Montejo, La Hiruela, Prádena y otros lugares más desaconseja la terminología tradicional. Visitar Buitrago es un regalo de la historia, entremezclado de murallas, torreones, embalses, castillos y museos. Eugenio Arias, serrano lugareño exiliado en Francia por sus querencias republicanas, resultó ser el barbero de Picasso. El malagueño le regaló con no pocas obras a lo largometraje de su amistad inquebrantable (ambos dedicaban múltiples tardes a los toros en plazas francesas y a asomarse a alguna montaña pirenaica para, de vez en cuando, ver España), y este, a la muerte de Franco, una vez vuelto a su pueblo, optó por ceder todo su tesoro para la creación de un pequeño y delicioso museo en su localidad natal. Pudo haberlo vendido y hacerse rico, mas se lo cedió a los suyos y fue feliz con eso. Hoy unas 17.000 personas pasan por sus dependencias. Al igual que don Francisco, el otro gran protagonista de éste relato, vivió hasta hace ciertos años viendo cómo sus pesares y avatares habían redundado en un pequeño gran bien para su localidad, ese que se gasta cerca de ochocientos metros de muralla asomada al río Lozoya y que ve caminar por su circuito histórico a unos cuantos amantes de la piedra y la memoria.

Al Buitrago de los primeros años cincuenta, un pueblo áspero, rudo, no excesivamente positivo y en el que la creación social no era fructífera, llegó un joven cura de veintipocos años llamado Francisco Ruiz Redondo. De aquel sitio la gente marchaba a Madrid, Barcelona, Francia ó Alemania, buscando una vida con posibles. Al joven cura visionario que terminaba de llegar y que habría de quedarse más de 50 años se le ocurrió que su tarea no había de consistir sólo en entregar consuelo espiritual a quienes así lo solicitaran. Como buen visionario, don Francisco procuró solventes para encarrilarlo todo: comprendió que sólo a través de la educación se edificaría una sociedad autosuficiente y fundó múltiples escuelas profesionales para formar a los jóvenes de la localidad en diferentes oficios indispensables para el clima del crecimiento que estaba al llegar. Se trajo a las monjas de María Inmaculada para innovar un parvulario y una academia de sesgo y confección. Se hizo con terrenos para edificar residencias que, al fin, logró que albergara Caja Madrid. Fundó una residencia de ancianos, fundó una coral y, cual obra socialmente comprometida, inventó una escuela de oficios manuales en la que emplear a los chavales teóricamente ‘difíciles’ de la sierra. Les habilitó una vida en familia y los colocó a reconstruir la iglesia de Santa María del Castillo, destruida en la guerra (las 3 naves se quedaron en una), para hacer de ella lo que hoy puede visitarse, una sorprendente iglesia con artesonado neomudéjar y con una atractiva pretensión de sincretismo e integración. Una capilla narra con candelabros de 7 brazos y otra, con azulejos con la palabra “Alá” que muchachos musulmanes trabajaron en el barro. En otra de las laterales, don Francisco asistió a la artista búlgara Silvia Borisova y ésta le pintó unas figuras ortodoxas completamente sorprendentes y hermosas. Y todo así. Consiguió terrenos, créditos, ayudas, y todo lo vertió en Buitrago. Don Francisco, en pocas palabras, no tenía nada y lo cambió todo. Al igual que Eugenio Arias, que pudo tenerlo todo para él y se conformó con vivir en una pequeña casa frente a su museo y gozar con la prosperidad que esa donación podía suponer para su pueblo.

Don Francisco no tenía nada ni siquiera coche: iba y venía de Madrid en autostop ó en autobús (en una ocasión, un joven que resultó ser Luca de Tena, lo recogió en vehículo y le hizo una esencial donación en nombre de ABC para su residencia de jóvenes) y vivía con la facilidad que se le supone a un hombre que, además, ofrecía laboral pastoral a sus convecinos, ya que para eso era cura.

Puede decirse que don Francisco cambió Buitrago y la vida de sus vecinos. Y puede decirse que Eugenio el barbero ubicó su sitio de nacimiento, mediante su donación, en las sendas de la curiosidad cultural. Merecen ambos un recuerdo mientras nos demos un paseo por el monte de las Gariñas orillando el embalse de Puentes Viejas. 


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