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21 de noviembre de 2014

Blas de Lezo y un par de idiotas


AMPLIARDesde esta Sevilla que hoy despide emocionada a Cayetana de Alba y a Francisco Alorda, gran fotógrafo y amigo llevado a la ruina por las denuncias falsas de maltrato a su pareja que le han llevado a la muerte, no puedo por menos que considerar que vivimos en un país en el que el número de gilipollas sobrepasa alarmantemente la media mundial que se considera razonablemente admisible.

La Comisión de Presidencia y Régimen Interior del Ayuntamiento de Barcelona ha exigido al Ayuntamiento de Madrid que retire inmediatamente la estatua dedicada al marino vasco Blas de Lezo por haber sido uno de los protagonistas del bombardeo de la Ciudad Condal durante las fricciones consecuentes a la guerra de Sucesión –que no de Secesión– de aquel tiempo en el que la novelería catalana localiza las incubadoras de su Nación permanentemente reprimida. Sorprende, en primer lugar, que personas supuestamente ilustradas se permitan deslices propios de colegiales sulfurados, pero más allá de la facilidad que tiene cada cual para caer en ridículos escénicos, llama la atención que consistorios enteros estén dispuestos a retratarse como un grupo de imbéciles de baba fácil. Blas de Lezo, reciente y tardíamente homenajeado por el país que le vio nacer, vasco de Pasajes, almirante por excelencia en el combate, es una de esas glorias nacionales que cualquier país en el mundo le habría dedicado estatuas conmemorativas en el seno de sus sedes soberanas. Llamado «Patapalo» por haber sufrido la amputación de su pierna en una de sus muchas batallas, De Lezo anduvo de aquí para allá al servicio de quien consideraba su Señor. Destacó en todas y cada una de las batallas contra los ingleses convirtiéndose en su auténtica pesadilla, derrotándoles mediante métodos de abordaje directo y casi suicida. Valiente hasta el último aliento, se convirtió, con los años, en el gran defensor de Cartagena de Indias –entonces tierra española–, ante el acoso de los asaltantes piratas, dejando testimonio documental de su pericia, arrojo y hombría. Blas de Lezo no tenía en territorio nacional reconocimiento digno a sus muchas gestas: el Ayuntamiento de Madrid, a iniciativa popular, reprodujo recientemente en forma de estatua el cuerpo mutilado a balazos, cañonazos y trancazos de uno de los españoles más valientes y admirables de la historia pendenciera que todos los países guardan en su capítulo de gestas. Blas cambió la historia de España y de lo que después sería Colombia al resistir las embestidas del almirante Edward Vernon, y lo hizo siendo un «Mediohombre», tuerto, cojo y medio manco. España no había reconocido aún su hidalguía, quizá por esa tradición tan española de avergonzarse de sus héroes, de mirar para otro lado y no aplaudir en bronce el nombre de sus hijos más valientes. Felizmente, tiene hoy un pedestal sobre el que reedificar su ejemplo. Y justamente cuando eso ocurre van unos cuantos cretinos del Ayuntamiento de Barcelona y proponen su derribo en función de vaya usted a saber que pendencia histórica relacionada con el acoso a Barcelona en tiempos de la contienda sucesoria entre Austrias y Borbones. Dos perfectos necios de nombre Laporta y Portabella, conocidos por coleccionar estupideces en alud, han conseguido que el consistorio barcelonés eleve a oficial la petición al madrileño de la retirada de la estatua, como si no tuvieran otra cosa que hacer en Madrid que responder a los caprichos de niñatos indocumentados faltos de otras ideas y presos de aburrimiento generalizado. Lógicamente han motivado más la risa que el lamento.

Blas de Lezo falleció a consecuencia de la epidemia de peste que provocaron los propios cadáveres ingleses tras el asedio a la perturbadoramente bella Cartagena de Indias. De haber existido idiotas como los anteriormente mentados, el héroe vasco hubiera muerto de asco por pensar que en su mismo país pudieran existir necios de tal calaña. Qué le vamos a hacer.

 


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