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10 de junio de 2016

Historias de Gracia


Los vecinos en general no se atreven a levantar la voz, no sea que los pille por banda esta panda de macarras amigos de la alcaldesa.

AMPLIARA mí que no me cuenten el barrio de Gracia. Me crié en Pérez Galdós 45, junto a mi abuela; en la calle Verdi vivía mi tía Paquita; en Torrent, la tía Gracia; en Fraternidad con Siracusa, mis tíos Pepe y Alberto con sus respectivas, Matilde y Paca; en Travesera, mi tío Pepito; en Córcega, mi tío Juan; en calle Escorial, la tía María… todos almerienses venidos a la llamada del trabajo; en la iglesia de San Juan se casaron mis primas, en la de los Jossepets se enterraron mis tías abuelas y en la plaza Lesseps tonteaba yo con una muchacha; me enviaban a comprar el sifón a la Bodega Andreu de Nilo Fabra y a por vino a la Filomena de Verdi; los arenques, donde en señor Abel, y la ropa, en la calle Salmerón; la hermana Pilar me enseñó las primeras letras en las Carmelitas de la calle Belén, en el camino abajo de aquella calle en la que aún quedaban vaquerías; me pasaba las tardes en el Roxy, algunos vasos primeros en el San Carlos Club o el Monumental y mucha cabalgata de San Medir para pillar caramelos cuando asomaba la primavera.

Mucho correr por el parque Güell y mucho caminar rumbo al Tibidabo; mucho echar al estanque barquitos de juguete (los que un buen día parten de verdad, para siempre) y mucho desesperarme con las remodelaciones de Lesseps, a cual más mamarracha, desde que derribaron las casas de la calle Septimania para abrirle paso a la ronda. Es decir, que me lo sé, plaza a plaza y calle a calle, y nadie me lo tiene que explicar.

Ya no andaba yo por allí cuando el barrio se convirtió en el decorado ideal para los amigos de lo ajeno, que son los «ocupas». Ni para los «alternativos» o los profesionales de la «lucha social», tipos que normalmente no han pegado un palo al agua. Al no estar presente más que los días sueltos en los que voy a acariciar el pasado, hay pulsos diarios que soy incapaz de comprender, como por ejemplo la «omertà» a la que se someten los comerciantes del barrio y los vecinos en general, que no se atreven a levantar la voz, no sea que los pille por banda esta panda de macarras amigos de la alcaldesa, la que quiere que los problemas los arregle el señor Manel, el de la alpargatería de la calle Asturias, junto a la churrería de toda la vida y no la autoridad competente.

No obstante, ayer, buena parte de los comerciantes del barrio escribieron a la absurda inquilina del Ayuntamiento (que pide siempre a los policías que se dejen pegar por los asaltantes) una misiva en la que ¡por fin! protestan por la situación y aseguran tener miedo. Cómo será la cosa de la corrección política que una abuela que se plantó frente a esta turba de parásitos y les preguntó: «Oiga, ¿qué sabrían de un sitio donde pudiera yo vivir sin pagar, que estoy mal de dinero últimamente?», rápidamente fue identificada como militante de VOX por algún cómic digital con ansia de periódico, ¡acabáramos!

Los tenderos de Gracia abandonan, afortunadamente, esa sensación tan barcelonesa del miedo a parecer poco progres, y ese puede ser un primer paso para poner a cada uno en su sitio, la gente normal en la calle y los alborotadores u ocupantes de propiedades privadas ante la autoridad. Pero no se extrañen de que situaciones como la vivida se repitan con frecuencia en distintos lugares de la ciudad. La Autoridad, como tal, no comparece. Y cuando lo hace, asoma en forma de Colau o Garganté, Puigdemont o Junqueras. Con lo que todo queda dicho. Algún día les hablaré de la gente buena y normal del barrio, que es mucha.

 


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