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22 de octubre de 2004

La decisión de Caffarel


La directora general del Ente Televisivo Por Excelencia, Carmen Caffarel, acaba de presentar en sociedad un pliego de buenas intenciones destinado a evitar las dudosas influencias que determinados programas televisivos tienen sobre la infancia. No sólo no tengo nada que objetar, sino que aplaudo el coraje mostrado por esta mujer que, hasta la fecha, no había mostrado nadie. Pero, con todo, tengo dudas.

Los espectadores que deciden la audiencia, que son dos o tres millones que se mueven en función de la oferta más intestinal, no disimulan sus deseos de acudir a programas del tipo que quiere evitar esta mujer de ideas no del todo desechables. La caída de audiencia que se presume cuando se toman decisiones valientes de este tipo suele pagarse, como parece lógico, en la recaudación publicitaria, y, cuando esto ocurre, suele venir el lamento de muchos hipócritas que no admiten que el telespectador prefiera a un par de putones desbarrando que un reportaje sobre la historia de los mongoles.

Aguantar ese tirón es difícil: un ejército de críticos políticos -los mismos que te acusan de ordinariez- espera con la escopeta cargada para señalar la incapacidad de conseguir audiencia y de hacer medianamente rentable la antena. Tras ello, suele venir la rectificación y vuelta a empezar. No deseo que ocurra, evidentemente, pero no sería la primera vez que un director agobiado por la presión de los «shares» toma la decisión de abrir la mano y soltar un poco de morralla. Recientemente, unos buenos amigos y mejores profesionales me ofrecieron moderar una serie de debates en televisión en los que primara el interés social y los invitados de primera fila europea: inmediatamente les pregunté cuánto tiempo aguantarían la tensión que supone verse con un dígito en las audiencias, es decir, ni siquiera con el diez por ciento de la misma, que es a lo más que puede aspirar un programa con los investigadores de las células madre frente a otras cadenas ofreciendo leña sin parar.

El mucho trabajo me impidió aventurarme y conocer la respuesta, pero me temo que no hubiese pasado de unas cuantas semanas. Dirigir una televisión, vengo a decir, no es tarea fácil, pero en el caso de la pública por excelencia se hace una misión titánica: los directores del Ente, de cualquier color, son los individuos más tiroteados de todo el espectro administrativo español y deben dedicar buena parte de su tiempo a lidiar con unos sindicatos endemoniados y con un consejo de administración politizado y desesperante. Además, los francotiradores especializados acostumbran a creer que el telespectador español es un pobre ser humano maltratado por unos programadores sin entrañas que les ofrecen chusma y griterío cuando lo que ellos quieren son óperas de Wagner y documentales de mariposas en celo, lo cual, lamentablemente, no acaba de ser cierto.

Sí lo es, en cambio, que no hay que hacer la televisión exclusivamente para aquellos que se divierten sólo con la excrecencia -que la hay y técnicamente muy bien hecha, ojo-, sino que se puede optar por una tercera vía menos rentable pero mucho más satisfactoria para las conciencias. Habida cuenta de la deuda que acumula el Ente, no parece que ésta vaya a desaparecer merced a los ingresos que proporcione una programación sanguinolenta, con lo que mejor será ganar en dignidad y proteger, efectivamente, a unos chavales pasmados ante series de dibujos animados que me asustan a mí, que hice la mili en Ferrocarriles, y no a ellos, o ante programas en los que se convierte en héroes a chulazos miserables y a petardas inexplicables. La televisión que se hace en España, en una palabra, es buena, pero presenta algunas parcelas dignas de ser mejoradas.

Si la señora Caffarel lo consigue mediante este gesto audaz, prolongará mi respeto hasta la carta de ajuste.

Recuérdame, Carmen, que te dé dos bes


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25/10/2004 14:26:26 MACARSEVILLA
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