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14 de noviembre de 2014

Roseta y las otras épicas


Las autoridades catalanas han demostrado casi tanta eficacia y paciencia como los astrofísicos e ingenieros europeos

HE sido advertido admonitoriamente por mi vecino de papel David Gistau: jugar a la metáfora periodística a cuenta de la sonda Rosetta puede acarrear el peso púrpura de lo cursi y un encuentro en la abigarrada senda de lo común con un puñado de columnistas con la misma idea, como esos momentos en los que todos los huéspedes de una pensión se encuentran a altas horas de la noche en la puerta del único baño con inodoro. Corro el riesgo: Rosetta es demasiado tentadora. Que hace algo más de quince años ya estuvieran calculando en unos talleres cómo debía ser un artilugio estelar que anduviese unos diez años dando vueltas por el espacio para acabar soltando un robot sobre la superficie de un cometa concreto resulta del todo estupefaciente. Esos son científicos. Y matemáticos. Parir un aparato que se sitúa sobre un cometa que circula a 55.000 km/hora hacia el sol, a una distancia de 500 millones de kilómetros y dejarle caer la termomix que llevas sujeta con soporteros en el borrongón a efectos de que sus argonillas se abran en pantaletas y arponeen el suelo... es demasiado para un mortal que dedica la mitad de su tiempo a hablar del independentismo catalán. Rosetta es una metáfora, sí: la de la eficacia europea, la del poderío de un continente capaz de confeccionar una sonda espacial que ha salido tan buena de motor que durante diez años ha estado haciendo todo lo que le han programado. Gracias a los análisis que efectuará sobre el terreno con la retroflex y los resortores que lleva incorporados en cada malangaje sabremos cómo pudo ser la Tierra cuando se creó y aún no había despertado el independentismo catalán antes citado. Y hablo de la metáfora ya que Rosetta me invita a pensar en lo que significa dejar Europa por la puerta de atrás, borrarse de una unión política que garantiza por igual estabilidad y sondas espaciales. Independizarse en Europa, además de no ser posible por la vía de la imposición simple de un Parlamento regional, supone dejar de ser miembro de una moneda, ver cómo huyen empresas que configuran tu tejido productivo desde el suficiente tiempo como para que sean algo más que simples factorías, perder bancos e inversiones futuras, ser tratado como un forastero, tener que olvidar fondos comunes para el desarrollo, ver en peligro tu jubilación y tus pensiones, incrementar hasta el ahogo la deuda que se acumula, saber que nadie te va prestar en las condiciones anteriores, despedirse de los afectos de muchos que ahora aún medio se aguantan, apostar con garantías de éxito a la altísima probabilidad de ser un parado más y estar gobernados por un puñado de iluminados incompetentes. Esa es la épica que les espera a quienes quieran correr con los riesgos –pero no con los gastos– de dejar Europa. Porque dejar España, por cierto, es dejar Europa. José Antonio Sentís, periodista de manos lentas y seguras, escribía ayer en acerca de ello: convertir este desesperante y machacón asunto en una pelea de épicas es un error, la épica nacional enfrentada a la época nacionalista solo trae postureo barato. Hay que apelar al aburrimiento de la ley y a los datos concretos que muestran el panorama que les espera a los objetores de Rosetta. Ya veríamos entonces si en una pregunta seria se daría tanta alegría en las muñecas al meter un voto en una urna.

Las autoridades catalanas han demostrado casi tanta eficacia y paciencia como los astrofísicos e ingenieros europeos: han criado concienzudamente a un par de generaciones de desafectos y les han preparado para lo peor. Pero parece que ni así, por ahora, les salen las cuentas. Rosetta sigue surcando los espacios infinitos, y otros mequetrefes, entre tanto, en la épica pelotuda.

 


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