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17 de octubre de 2014

La frontera del ébola


No hace demasiados días un avispado observador de la realidad europea recogía una afirmación provocadora e insensata de la líder ultraderechista francesa Marina Le Pen: «Estén tranquilos con el conflicto de la inmigración ilegal, el ébola hará el trabajo que ustedes no hagan». Presumía el exégeta que la intención de la líder francesa no era tanto referirse a los muertos que la expansión del virus podría crear entre la población africana susceptible de emigrar, sino incidir en el cambio de opinión que algunos interlocutores sociales podrían experimentar al sentir en sus cuerpos la sensación de peligro de ver saltar fronteras a individuos posiblemente afectados por la infección. Eso haría a algunos abandonar los discursos complacientes con todos aquellos que buscan un hueco en la Europa de «las oportunidades» y obligaría a los gobiernos a ser muchos más taxativos a la hora de garantizar sus fronteras.

Le Pen olvida algunas cosas: no todos los países bordean el exterior de la UE y no todos los que la bordean sienten la necesidad complaciente de abrir sus brazos al que quiera llegar saltando vallas. España, sin ir más lejos, apura los medios racionales de los que dispone para impedir que la frontera de Ceuta y Melilla sea una porosa membrana por la que pueda circular todo aquél que se lo proponga. Con todo y ello, tiene que luchar contra la sinrazón de los que exhiben «razones humanitarias» para no prohibir el paso a quien no lo intente de forma legal. Si cada subsahariano –o sahariano sin más– que pretenda ser admitido por el absurdo mecanismo de la «prueba superada», supiera que su intento no tiene posibilidad de fructificar en un permiso para buscarse la vida por las calles de Madrid o de Toledo, otra situación muy diferente se daría en una demarcación como la de Melilla, donde se da la circunstancia de que un juez de primera instancia con ínfulas de estrella togada –Lamo de Espinosa– se permite imputar delitos de lesa humanidad al vigilante de la valla, al encargado de la Guardia Civil de velar por la integridad de las fronteras de la UE. Que un pizpireto togado encantado de haberse conocido y con ansias de notoriedad debilite la seguridad de la frontera soberana de un país, impidiendo a sus vigilantes velar por la integridad de la misma, da una idea de hasta qué punto ha progresado la debilidad orgánica del llamado primer mundo. Todos los que detestan las fronteras y celebran como un triunfo que algunos asaltantes logren su propósito de alcanzar el otro lado, deberían reconocer que, para ser consecuentes, lo mejor sería suprimir las vallas. ¿O es que esto debe circunscribirse a una prueba atlética propia de un videojuego? Si suprimimos las vallas, eso sí, mañana tenemos aquí a medio continente. ¿Qué hacemos entonces? Pedir educadamente que no entren, organizar un servicio de acogida liderado por los Lamos de Espinosa, poner guardias de tráfico a regular la entrada a ninguna parte...

Pero no se trata de señalar la irresponsabilidad de determinados colectivos. Son conocidos sus gestos de salón y esa irregularidad de fondo que muestran sus posturas un tanto hipócritas. Se trata de observar cuál va a ser la reacción de algunos biempensantes en el momento en el que detecten el peligro de entrada de individuos desgraciadamente marcados con el virus que asuela África y amenaza Europa. Muchos puede que entonces exijan una cierta rigurosidad en los controles. Puede que les nazca y crezca ese Le Pen que guardan en sus entretelas. Será el momento en el que los que creen que la tierra es del viento piensen que cada uno en su casa y Dios –o los americanos y sus vacunas– en la de todos, pero especialmente en la suya. Será tarde, desgraciadamente para unos y otros, pero resultará un curioso ejercicio sociológico.

 


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