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3 de octubre de 2014

La preguntita canaria


LA última ocurrencia de la España del Disparate está fechada en Canarias. Su Gobierno autónomo, ese que siempre preside un perdedor, pretende consultar a su ciudadanía sometiéndola a un insulto más que a una pregunta. La ocurrencia de este Gobierno insular de tantas limitaciones intelectuales –personificadas hasta la caricatura en quien lo preside– es la de someter a los canarios a decidir entre el turismo y el petróleo, dando por supuesto que ambos son incompatibles, y en lugar de preguntar «¿Autoriza usted prospecciones petrolíferas en aguas cercanas a Canarias, sí o no?», pregunta «¿Cree usted que Canarias debe cambiar su modelo turístico por las prospecciones de gas y petróleo?». Tremendo conflicto argumental el que plantea esta pregunta infantilmente mentirosa que muestra a todas luces el desprecio por la inteligencia de los ciudadanos que no ocultan estos cabestros gobernantes. Si se perfora el subsuelo a 60 kilómetros de la costa para ver si hay petróleo y comprobar si merece la pena meterse en plataformas petrolíferas, no se está cambiando el modelo medioambiental de una comunidad con una devastadora tasa de paro. Es decir, se puede contestar «No» a esa pregunta y estar a favor del sondeo en alta mar, como contestarían los vecinos de Noruega, Brasil, Estados Unidos, Yucatán y Golfo Pérsico, que contemplan de forma combinada varios recursos, entre ellos turismo y petróleo. Pero, puestos a pensar, podrían completar esa pregunta con alguna otra que daría una visión más completa del «conflicto»: «¿Desea que Canarias compre el petróleo que Marruecos extraerá unos cientos de metros más allá y con su peculiar tecnología?». O, ya puestos, tirar por la calle de en medio y perder cualquier atisbo de decencia e imparcialidad: «¿Debería Canarias sufrir mareas negras que crearan miseria y desolación anegando costas y pueblos para siempre jamás?». Eso es dar servida la pregunta y la respuesta a la vez y evitar a los sujetos consultados el laborioso proceso de cualquier reflexión.

Incluso se le puede preguntar a los tinerfeños si son partidarios de cerrar la refinería que lleva trabajando casi cien años en la isla, o al resto de canarios si creen que es más seguro eliminar todo el transporte de gas y petróleo que llega a sus puertos para garantizar el consumo energético de las islas, tan afortunadas sobre el papel y tan desgraciadas en los balances y en los administradores de los mismos.

Todo, en cualquier caso, es un ejercicio que conduce a la melancolía, ese lugar tan frecuentado últimamente por los españoles: el Gobierno canario no puede hacer esa pregunta ya que no está entre sus competencias decidir sobre la extracción de petróleo, con lo que esta chaladura tiene corto recorrido administrativo, aunque sirva de maniobra política de desgaste, sobre todo propio. La consulta está organizada al servicio de los intereses políticos personales de esa portentosa mediocridad bautizada como Paulino Rivero, perla selecta de un viejo conglomerado de intereses llamado Coalición Canaria, formación política que se mantiene en el gobierno de forma casi constante gracias al desacuerdo permanente de populares y socialistas. Poco importa hacer el ridículo y someter a tus conciudadanos a una chanza permanente si con ello se viste uno de guanche irredento, aunque sea a costa del pitorreo internacional de aquellos países que contemplan absortos cómo hay un lugar en el mundo con un desempleo cósmico en el que se encuentra petróleo –o se puede llegar a encontrar, que para eso son las prospecciones– y en lugar de alegrarse cogen un rebote de narices.

En un desesperado asalto a la brillantez política y a la emulación contemporánea de otros escenarios víctimas de su propia «singularidad», los ciudadanos del Archipiélago podrían verse sorprendidos por una pregunta aún más audaz: «¿Considera usted que el Gobierno de Canarias piensa que los canarios son unos perfectos idiotas?».

 


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