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4 de septiembre de 2014

El pujolazo


Pujol ha engañado a muchos durante mucho tiempo. Pero no a todos

PARA un individuo acostumbrado a ser la referencia de la Construcción Nacional, resultar incontestable, ser reverenciado por los propios y, en parte, por bastantes extraños; para un hombre situado en el imaginario de los héroes pragmáticos, considerado el paradigma de las virtudes de la catalanidad civil y receptáculo, cual oráculo, de todas las inquietudes nacionalistas de la ciudadanía, para un hombre así, haberse convertido en un pim pam pum, víctima diaria de improperios y ejemplo vivo de la corrupción debe de ser una tortura insoportable. Jordi Pujol era tratado como una suerte de Kim Il Sung, Presidente perpétuo, Moisés conductor del pueblo errante a la tierra prometida de la independencia; su presencia en cualquier acto propio se resolvía en ovaciones y si era contrario en una indisimulada actitud respetuosa. Nadie le tosía, y si lo hacía se ganaba una reprobación parecida al destierro. Era recibido en Madrid o en Andalucía como el que recibe a un De Gaulle doméstico, adversario admirable por su hondo conocimiento de las artes políticas...

Bien, pues ha bastado reconocer que ocultó unos millones de oscura procedencia al fisco para que hoy no pueda salir a la calle sin que le insulten, experimente escarches en la puerta de su domicilio y deba de oír los bocinazos de todos los vehículos que pasan por su casa, sita en calle particularmente concurrida, a todas horas del día y de la noche. No le defienden ni los suyos. El semidios ha pasado a convertirse en un apestado. Ya no es la cantidad declarada en un banco andorrano: toda la colectividad da por hecho que el dinero acumulado no es tal, sino mucho más y todo él proveniente de las actividades comisionistas de los hijos de los que aseguraba sentirse tan orgulloso. No siento compasión, pero sí comprendo abatimientos como el que debe sentir desde hace dos meses.

Pujol ha engañado a muchos durante mucho tiempo. Pero no a todos. Aquellos que sosteníamos que su supuesta colaboración en la gobernabilidad no era más que estrategia a largo plazo, independentismo latente, construcción de una sociedad hostil a la España a la que supuestamente daba soporte, éramos calificados de separadores, de arcaicos, de jacobinos, de españolazos rancios, de inmovilistas y, cómo no, por los más histéricos, de fascistas. Llegado el momento conveniente, Pujol se retiró las distintas máscaras de «hombre de Estado» que ocultaban su rostro y exhibió aquello que siempre perezoseó en su hoja de ruta: se declaró abiertamente independentista. Y aún muchos de los que no querían creer lo que estaban viendo achacaban ese paso al atosigamiento al que la España más carpetovetónica sometía a la Cataluña moderna de nuestros días. Cuentos. Pamemas. Olieron la debilidad de un Estado de apariencia desmontable en plena crisis pavorosa y creyeron que era su momento. Consideraron que desembarazándose de ese Estado gozarían de mucho más margen de maniobra para organizar su negocio sin el aliento de las instituciones en la nuca. Al fin, habían adiestrado a dos o tres generaciones de catalanes para ello. Pero ese Estado, por fin y tras no pocas dilaciones, encontró los agujeros del queso, entró por ellos y descubrió la trama.

Aquél perdonavidas que escenificaba su relación con el mundo exterior mirándote por encima del hombro (no es momento de bromas sobre estaturas) ha envejecido diez años, no duerme, no hace otra cosa que pagar abogados y pasa las horas preparándose para comparecencias tan desagradables como comprometidas. Ha caído él y, a su vez, puede caer todo el edificio que fue construyendo ladrillo a ladrillo, hombre a hombre. Y se los puede llevar a todos por delante.

Nunca me hizo feliz la desgracia ajena ni creo que lo antedicho sea hacer «leña del árbol caído». Tan solo trato de homenajear a los valientes que remaron en su día contracorriente. Sin más.

 


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