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18 de julio de 2014

Libres e iguales; ¿pasa algo?


Una Nación soy yo, y usted, y no vamos a ninguna parte

POR si le sirve a alguno de los desorientados comentaristas políticos que pueblan la España periodística: Libres e Iguales no es una iniciativa de FAES, la fundación política que inspira, al parecer, un sector del Partido Popular ligado al ámbito de José María Aznar. Libres e Iguales no trata de imponerle hoja de ruta alguna al Gobierno de Mariano Rajoy, y menos en nombre de nadie. Libres e Iguales es una plataforma de individuos adultos convencidos de la necesidad de reafirmar una serie de principios elementales relacionados con el futuro del Estado Español, entendido como una unión de intereses sensatos, modernos y provechosos. Libres e Iguales no habla de naciones; habla de Estados, que son infinitamente más prácticos e interesantes. En nombre de las naciones, de sus orígenes, de sus derechos, de su misticismo y de la literatura que las envuelve se han cometido no pocos crímenes masivos en la historia de la colectividad, española e internacional. Lo trascendental, lo productivo, lo normativo, lo esencial está escrito en los deberes de los Estados. Una Nación soy yo, y usted, y no vamos a ninguna parte. Una Nación es mi infancia, y mis afectos familiares, y mis regalos de Reyes Magos. Muy bonito y conmovedor, pero con lo cual no recorremos más que unos metros en territorios meramente emocionales. Un Estado es la normativa mediante la cual se crea la envergadura de nuestra convivencia. A quien escribe este suelto las naciones le importan poco más que la efervescencia de los espumosos navideños, mientras que los Estados son lo que le confiere confianza en el futuro. Y es el Estado, el Estado Español, lo que le da a uno seguridad en cobrar las Pensiones, en articular la Defensa, en garantizar la Justicia, en combatir la Desigualdad y la Pobreza, en asegurar el Orden, en articular el reparto de la Riqueza, en proveer la Sanidad y en promover la Educación de todos los ciudadanos. Los españoles son los dueños de su Estado, el que pagan sacrificadamente con sus impuestos, y a ellos se apela para que lo defiendan ante los que desafían mediante tensiones su continuidad. Libres e Iguales, que yo sepa, no divaga en argumentos meramente sentimentales; insta a los españoles, en todo caso, a que defiendan serena y contundentemente los derechos ciudadanos que derivan de su pertenencia a un Estado sólido y participativo, en el que las decisiones sobre su futuro sean adoptadas de forma conjunta, sin chantajes partidistas ni aprovechamientos territoriales. ¿Dónde está el problema?

Algunos iracundos han querido ver en ello un asalto a determinados derechos particulares articulados en torno a voluntades políticas, cuando menos, pasajeras. Los que firmamos tal declaración –que lo primero que le convendría a algunos es leerla– somos hijos de diferentes madres ideológicas y de diferentes intereses profesionales y políticos, pero con una coincidencia esencial: nos interesa la España que surge de su articulación como Estado Democrático de Derecho, como Estado en el que todos los ciudadanos estamos habilitados para decidir el futuro de nuestra convivencia. No nos parece oportuno que sea una fracción de los mismos quienes decidan cómo recortar caprichosamente un estamento colectivo del que todos nos valemos para desarrollar nuestra vida cotidiana. Que surjan otras plataformas que usen talismanes vacíos de contenido como el argumento federal nos parece tan correcto como debe de parecerles a los nostálgicos de Bellas Artes que los firmantes de Libres e Iguales elijan el restaurante Lhardy para su presentación en sociedad. No deja de ser todo un ejemplo de periodismo simplón reducir mensajes a los marcos seleccionados para su divulgación. Pero pasa y conviene señalarlo.

España, el Estado Español, ese eufemismo tan utilizado por los nacionalistas para no nombrar la palabra maldita, merece una defensa ciudadana desacomplejada y tajante sin que caiga sobre sus hombros la sombra de sospechas baratas.

Estado Español, sí; ¿pasa algo?

 


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