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4 de abril de 2014

La indecencia Bolinaga


Bolinaga en la calle es una afrenta lacerante y terriblemente dolorosa

AMPLIARBOLINAGA es la indecencia; aunque, al parecer, es la indecencia inevitable. A buen seguro, ustedes saben de quién se trata: asesino y torturador, dedicó buena parte de su maldita vida a matar o eliminar al enemigo, al español ocupador de su terruño, al guardia, al funcionario de prisiones, al enviado por el destino a exterminar su paraíso pequeño. Bolinaga estuvo presente como actor imprescindible en no pocos asesinatos esclarecidos por la justicia y en otros tantos aún no resueltos por la misma, razón por la cual ha vuelto a declarar –esta vez mediante videoconferencia– ante un juez de la Audiencia Nacional. Se da el caso de que Bolinaga anda libre por las calles de su pueblo merced a un diagnóstico que le calificaba de enfermo terminal expedido por unos forenses que no le examinaron personalmente pero que decidieron que lo suyo era cuestión de semanas. Merced a ello, al igual que deambula por las tabernas de Mondragón, no ha tenido que visitar las dependencias judiciales en las que el juez Moreno pretendía esclarecer el asesinato en 1986 de un cabo de la Guardia Civil apellidado Ramos, un caso del que ya anduvo informado el juez Garzón pero a cuyas vicisitudes no concedió debida importancia. El juez de hogaño, en su infinita bondad, ha decidido decretar para él arresto domiciliario ante la evidencia de que también participó en la muerte de aquel pobre hombre. Al igual que el caso de Ramos, Bolinaga podría estar involucrado en otros diez asesinatos sin esclarecer, cuatro de ellos sin haber prescrito, sin que se encarten en esa vergüenza jurídica que supone que la muerte violenta de un individuo debe ser perdonada por el simple mecanismo del paso del tiempo.

Bolinaga padece una enfermedad terminal, que, por lo visto, no es tan terminal, dando ello la razón al diagnóstico de la forense Carmen Baena cuando afirmó que su fin no estaba tan cercano como suponían sus excarceladores. Su supuesta muerte inminente, la que hizo que el juez Castro determinara su salida de prisión al fin de morir piadosamente en su casa, no ha sido tal, merced al acierto terapéutico de los médicos, al ansia por vivir del enfermo o al error diagnóstico de los forenses a distancia, causando ello al gobierno del PP un claro motivo por el que sentirse incómodo. Lo que resultaba ser una medida graciosa de humanidad evidente se transformó, por la pertinaz insistencia en la pervivencia del enfermo, en un tábano constante. Tanto fue así que hubo quien consideró al miserable Bolinaga como una secreta pieza de negociación entre gobiernos y terroristas: yo suelto a este tipo y tú continúas con procesos de abandono de violencia. Es muy probable que no fuera así, pero la simple sospecha de que pueda parecerlo debería poner a las autoridades en alerta. Bolinaga en la calle, sin retractarse de sus crímenes, homenajeado por los suyos, ufano aunque enfermo, bebiendo vinos anticancerígenos por los bares, paseando relajado por los mismos escenarios en los que disparó a sus víctimas, es una afrenta lacerante y terriblemente dolorosa.

Ese aparente anciano que camina debajo de una boina ha matado sin piedad y ha demostrado maldad sin límites en el secuestro aquél de Ortega Lara, al que estuvo dispuesto a dejar abandonado a su suerte en un subterráneo industrial. Ese sujeto aparentemente débil que viste de negro y se acompaña de un bastón disparó sin inmutarse contra personas a las que asesinó sin importarle consecuencia alguna. Ahora ha sido momentáneamente condenado a quedarse en su casa y no salir de ella si no es para recibir tratamiento. Ni siquiera para jugar al mus. Es todo lo que el Estado de Derecho tiene que decirte. Tienes suerte, cabrón.

La justicia es más benigna, incluso, que tu cáncer.


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