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21 de marzo de 2014

Vagones silenciosos por fin


Si viajar en tren es un placer, viajar en silencio lo será aún más. Es más cómodo y práctico que cualquier otro medio, y no digamos más seguro

ES sabida mi manifiesta filia ferroviaria. Y si no lo es, y de hecho no tiene por qué serlo, la reafirmo en este suelto. Viajar hoy en día en tren en España es gozar, no llorar. Los trenes, salvo muy contadas excepciones, salen a su hora y llegan a la suya, son razonablemente confortables y resultan extraordinariamente competitivos. Lejos quedan aquellos años en los que unir Sevilla y Barcelona significaba disponer de algo más de veinte horas de peripecia permanente, de carbonilla conmovedora, muy literaria, sí, pero casi heroica. La gran evolución de esta España moderna de nuestras ansias se visualiza ejemplarmente en el ferrocarril: lo que era y lo que es marca la actualización del país, sin más.

Por lo que se ve, además de la adecuación de los precios a la coyuntura económica de los consumidores españoles, Renfe ha dispuesto algunas medidas inteligentes entre las que destaca la implantación de los próximamente llamados «vagones silenciosos».

Donde está el ejecutivo que ha tomado esa decisión para organizarle urgentemente una cena homenaje: todo premio será poco para alguien con el valor suficiente como para hacer guardar silencio a los muy pelmas usuarios de trenes de larga distancia que dedican su viaje a cerrar acuerdos comerciales a través del teléfono móvil o a los viajeros ociosos que dedican su tiempo a narrar naderías a voz en grito desde Puertollano a Zaragoza. Hay quien no se contenta con hablar, sino que necesita hacerlo a un volumen tal que todo un vagón no puede obviar la escucha de sus hazañas en conversaciones telefónicas que suelen comenzar siempre con la contraseña mágica de «estoy en el AVE». No sería la primera vez en la que me he dedicado pacientemente a tomar nota de las chuminadas que relata el del asiento 4B y a plasmarlas en un artículo consecuente, con nombre y apellidos, para bochorno del sujeto en cuestión. Una cosa es atender una llamada en voz baja, o salir a las plataformas a debatir cualquier asunto transcendental, y otra muy distinta insistirle a un tal Bermúdez en que mañana tiene el presupuesto de los cojinetes que pidió la semana anterior y que hasta ahora no se ha podido concretar por la enfermedad de la contable de la empresa, que resulta que ha estado mala por una gripe que se ve que cogió el fin de semana en Sierra Nevada poco después de haber llegado de viaje de Huelva, que no veas, por cierto, lo bien que la ha dejado el alcalde Perico Rodríguez. Los viajeros pacientes son de una prudencia casi franciscana: mirada perdida por la inmensidad de Los Pedroches y abstracción mental suficiente para no espetarle al tipo vocinglero que le importa un calabacín si la tía Mari Tere va a llevar el tocino de cielo a la comida del domingo o no. Al parecer, uno o dos vagones de la composición del tren no contemplarán el uso del móvil y no escucharán mensajes por megafonía, con lo que el único inconveniente puede ser quedarse dormido y no bajar en Ciudad Real, pero se verá compensado con ese hermoso ritual del silencio que tan ajeno nos resulta a los españoles.

Si viajar en tren es un placer, viajar en silencio lo será aún más. Es más cómodo y práctico que cualquier otro medio, y no digamos más seguro, no hay retrasos ciclópeos, ni cancelaciones por poca clientela –como en aviones de Vueling, por ejemplo–, ni necesidad de convertirse en sardina embutida en asientos imposibles, ni tontería metodológica ni necesidad de quedarse en calzoncillos antes de embarcar. El tren, por demás, es poesía pegada a la tierra, paisaje de nuestros padres y memoria del atlas geográfico de sentimientos cartografiados por trazos siempre indelebles. Siendo, además, silenciosos, la ensoñación está servida en la íntima bandeja de plata del anonimato.

 


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