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7 de marzo de 2014

El carajal navarro


El socialismo navarro es la burra que vuelve una y otra vez al trigo, y lo hace con una regularidad asombrosa

¿ALGUIEN en su sano juicio esperaba que Rubalcaba aprobase felizmente una moción de censura contra el gobierno navarro de UPN perpetrada en compañía de Bildu? Puede que quede gente inocente en España, pero la edad política que lucimos en nuestros carnés de demócratas no es compatible con bobalicones estados de inocencia. Si la central socialista le hubiese dicho «adelante» al pretendido plenipotenciario Jiménez («el PSOE en Navarra soy yo»), hoy mismo estarían lamentando una ráfaga de justos disparos dialécticos en su fachada. Tantos que más de uno habría sentenciado aquello tan deseado por muchos: Rubalcaba está muerto. El secretario general del PSOE podrá ser muchas cosas pero resulta evidente que no está afectado por ningún tipo de ceguera estratégica ni por urgencia alguna de poder menor. Conseguir el Gobierno de la Comunidad Foral es una vieja aspiración de unos socialistas locales que consideran rentable hacerlo a cualquier precio, pero no compensa en absoluto a quienes tienen puesta la mirada de sus legítimas aspiraciones de poder a un tiempo vista. Si mañana anuncian los navarros una moción de censura y se apunta generosamente el entorno de ETA, las elecciones europeas de Mayo se ven protagonizadas por un hecho incontrovertible: los socialistas se apoyan en los anexionistas euskaldunes para conquistar la joya de la corona, para desmontar Navarra tal y como la conocemos y para establecer pautas de colaboración explícitas con los voceros de los que ayer mismo nos mataban. Ni en sus peores delirios podría aprobar el PSOE algo o nada parecido.

El socialismo navarro es la burra que vuelve una y otra vez al trigo, y lo hace con una regularidad asombrosa. Ya lo intentó siete años atrás, en tiempos de Fernando Puras (hombre, con todo, decente que hubo de dimitir en consecuencia); sólo que aquella vez en compañía de los diletantes miembros de Nafarroa Bai. Lo impidió José Blanco en evitación de daños mayores, pero en un tris estuvieron de conseguirlo. Hogaño ha sido más crudo, más áspero: sólo hubiese triunfado la moción con los votos afirmativos de Bildu y de Aralar, compañías ambas poco compatibles con el deseo de presentarse ante los españoles como una fuerza nacional de referencia. La campaña del PP estaba hecha: nada más fácil que referirse a los socialistas como aquellos capaces de auparse en el diablo para conseguir poder, cosa que puede aprobar un sectario temible como Eduardo Madina, por ejemplo, pero no un hombre tenido por sensato como Pérez Rubalcaba, sentado en un inestable barril de pólvora de aquí a sus famosas primarias. Lamentablemente para él, sacrificar la estabilidad de su partido en Navarra en función del interés general era obligado si se quería mantener el tipo en unas elecciones que pueden ser ganadas por el PSOE, con todo lo que le cuelga: afianzar la posición del actual secretario general y despejar dudas cara a la incierta cita de las elecciones internas.

Nada quita, no obstante, para afirmar que el PSOE es un inmenso carajal. A la permanente incertidumbre de los socialistas catalanes, matizadas y amaestradas con acierto por Rubalcaba y Navarro, se une la incierta respuesta que pueden dar las huestes del tal Jiménez a la negativa de Ferraz. Flaco favor harían a los intereses del Partido si creasen un cisma irreparable, cosa no probable pero tampoco descartable. Si a ello sumamos la poca deportividad que muestran algunos aspirantes a la candidatura socialista habrá que afirmar que ser Rubalcaba hoy en día no es fácil: cuando no te sale una vía de agua por la izquierda, te sale por la derecha, y así no hay quien sea candidato en condiciones serenas. Las europeas son una prueba delicada y en ellas se la juega el, por el momento, único aspirante socialista con posibilidades de urdir una política poco amiga de las aventuras de incierto destino.

 


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