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21 de febrero de 2014

Sentido de la medida


Ningún país en el mundo consentiría que una avalancha de individuos se dispusiera a violentar sus límites por la fuerza. Ninguno

AYER fue el día en el que se cumplía el ultimátum dado por el Partido Socialista al Gobierno: si en el plazo de horas veinticuatro no disponían de la grabación completa de los sucesos en la frontera hispano-marroquí en los que fallecieron quince inmigrantes ilegales que pretendían asaltar la valla de Ceuta, se convocaría una comisión de investigación y tal y tal que procurará esto y lo otro y en la que se reclamará aquello y lo de más allá.

Tal vez sea demasiado pedir sentido de la medida, pero no estará de más recordarles a los indignados miembros de la oposición que las teatralidades plañideras tienen, por fuerza, opciones de contraste: será bueno comparar el desgarro con el que lamentan la muerte de unos pobres hombres y el que exhibieron en el trágico precedente que se produjo cuando ellos gobernaban y se utilizaban los mismo medios disuasorios que se han utilizado esta vez.

Entonces –mismos inmigrantes, misma Guardia Civil, mismas pelotas de goma, misma muerte en suma– todo quedó en una loa a los servicios que velaban por la integridad de nuestras fronteras. Hoy, la contemplación de las cuchillas que instaló el Gobierno socialista provoca cínicos lloros a la sombra de un ciruelo. Entonces no.

Está de más recordar que la autoridad fronteriza y las fuerzas que custodian la frontera tienen el deber de velar por la inviolabilidad de la misma. Nadie tiene que poner en duda las mejores intenciones humanas de quienes aspiran a un mundo mejor y de quienes luchan por su supervivencia. Nadie, en suma, tiene que considerar a los asaltantes como fuerzas hostiles que pretendan una invasión por la fuerza de nuestro territorio. Ahora bien, todas las fronteras del mundo contemplan protocolos de entrada. Ningún país en el mundo consentiría que una avalancha de individuos se dispusiera a violentar sus límites por la fuerza. Ninguno. Si cien, quinientas, mil o tres mil personas se precipitan a la vez con la idea de sobrepasar límites fronterizos, las fuerzas del orden a quienes está encomendada la vigilancia deben actuar con arreglo a las circunstancias. Las imágenes grabadas en vídeo de los sucesos de El Tarajal podrán recoger alguna incorrección puntual, pero difícilmente algún hecho grave. Es decir: no se observa lanzamiento de pelotas de goma hacia ninguna persona y todo lo que se ve en la parte española es aceptable, a decir de la propia Guardia Civil.

Lo acaecido en Ceuta, no nos engañemos, es una situación repetida cientos de veces, que ocurre de amanecida, entre dos luces, y de forma muy rápida: llegada, avalancha, valla, agua… La reacción de los guardias también es rápida, sin tiempo para establecerse ordenadamente o impartir consignas serenas. No estaría de más que los irritados diputados y todos los que juzgan y opinan sin saber lo vivieran alguna vez. A lo que se ve, el ahogamiento desgraciado de estos hombres se produce cuando se agolpan y apelotonan en la pared del espigón del lado marroquí y se internan en el mar para bordearlo y pasar a España. Son hombres que no saben nadar: el agua les da pavor y se hunden como piedras. Si a ello se añade el efecto de confusión que causan las sirenas, las luces, el helicóptero y demás, el desenlace es trágico. Cualquiera que luzca un mínimo de humanidad habrá de lamentar la pérdida de vidas de hombres jóvenes que avanzaban obcecados en su deseo de cruzar a Europa, pero ello no debe servir para excitar pasiones demagógicas y acusaciones irresponsables sobre aquellos que tienen la misión de garantizar la integridad de las fronteras y los protocolos. Si hubo exceso, procédase acorde a reglamento, pero no se aproveche la muerte de quince pobres hombres para verter la peor baba de la demagogia.

 


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