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15 de noviembre de 2013

Aznar hundió el Prestige


La contrariedad que ha creado en los nostálgicos del chapapote que la Justicia haya sido incapaz de declarar que el Gobierno rompió el barco...
 

UNA de las inolvidables portadas del semanario satírico «Por Favor», escisión del viejo e impagable «Hermano Lobo», reproducía la cara siniestra de un tipo tocado por un sombrero y unas gafas oscuras a la que se le añadía, como sello ministerial, la palabra «Confirmado». Era tiempo de pertinaz sequía, y los geniales autores de la revista titularon a toda plana: «Los Rojos Se Beben El Agua». Tiempos de Perich, Vázquez Montalbán, Forges, Marsé, Máximo, todos en una misma entrega semanal… Casi nada. Alguien debería haber recordado la portada once años atrás al objeto de homenajear a los sublimes creadores de aquella publicación que tan buenos ratos nos dio y haber titulado su crónica como se titula esta columna. La foto podría haber sido la de un buzo con la cara de Aznar sorprendido en plena maniobra de introducir carga explosiva en el Prestige con la intención de volarlo y bañar las costas occidentales españolas y portuguesas con setenta mil toneladas de fuel.

Fue lo único que faltó. Siendo un accidente, en sí mismo, sensacional, fue víctima de un calamitoso sensacionalismo en el que toda demagogia se hizo posible. La clamorosa manipulación con la que se aderezó la crítica contó, es cierto, con una primera vacilación confusa de las autoridades que resultaban competentes. Se cometieron errores, pero ninguno de ellos justificó la reacción populista y victimista de diversos colectivos y de la oposición política del PSOE. Asustado por el papel dirigente en la indignación que estaban asumiendo el chalado de Beiras y su gente del BNG, el sanedrín socialista decidió pisar el acelerador y considerar que todo valía contra un gobierno de derechas que dos años atrás les había humillado en las urnas con una aplastante mayoría absoluta. Todo valía y todo se hizo: el salto valorativo de la crítica razonable a la cohetería y la agitación fue inmediato.

Aznar, es cierto, perdió una oportunidad excelente de hacerse un «Schröder», es decir, calzarse unas botas de caña como el canciller alemán en plenas inundaciones y visitar los riscos petroleados de la Costa de la Muerte. No lo hizo y no sé si lo lamenta. Aunque ni siquiera sé si le habría servido de algo frente a la maquinaria acusatoria que se desencadenó prácticamente de inmediato: el Gobierno de España y el de Galicia habían dejado abandonados a su suerte a los gallegos. Galicia perdería PIB, la zona sufriría despoblación, la emigración sería un hecho, las especies marinas jamás regresarían a la zona y la desolación se instalaría para siempre en todas las Rías Altas, como poco. Afortunadamente no fue así. Se limpiaron las playas, se ayudó a los moradores, hubo peces y al poco el Prestige fue un mal sueño. Los catastrofistas pasaron, pues, una mala época.

La sentencia –de difícil comprensión para quienes estamos alejados del divertículo judicial– ha venido a decir que aquello fue un accidente encadenado y que ninguna de las soluciones a poner en marcha era inocua. Si el barco se llevaba a La Coruña el desastre era fácil de imaginar; si se volaba por los aires al objeto de incendiar el fuel, también; y si se alejaba había que contar con que parte de la carga llegaría antes o después a tierra. Posiblemente se optó por la menos mala de todas ellas, pero para la agitación quedó que cada gota de petróleo era consecuencia de la inoperancia malvada de gobernantes irresponsables.

Cualquier análisis desapasionado es, en cualquier caso, melancólico. El Prestige está en el fondo del mar, y Aznar, en sus asuntos. Pero llama la atención, once años después, la contrariedad manifiesta que ha creado en los nostálgicos del chapapote que la Justicia haya sido incapaz de declarar que, efectivamente, el Gobierno rompió el barco y no cejó de maniobrar hasta que, por fin, consiguió hundirlo. «Por Favor» lo habría asumido, al menos, con mucha más gracia.

 


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