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1 de noviembre de 2013

Entre Díez y Díaz


Entre Díez y Díaz, dos socialistas –¿dos adversarias?–, le han achicado espacios

PÉREZ Rubalcaba le explicaba hace pocos días a un amigo próximo a qué sabía la soledad. No sé si se refería a la soledad categórica y arrebatadoramente creativa de una Emily Dickinson cualquiera, que al menos dejó bellos poemas para la historia estadounidense, o a la soledad del corredor de bosques acosado por el cansancio y el asalto de la prisa y la angustia. Venía a ser la queja de una soledad asumida y circunstancial a la que le llevaba cada paso que daban los hechos, las cosas, la puñetera vida ésta de la política. No tiene por qué pensar que todo le sale mal, pero sí que hay demasiada gente deseando que tropiece. Cuando eso es así, cuando peleas contra los fuegos que acosan desde fuera y, a la par, quieres sofocar los que empiezan dentro, sientes como cierto aquello del Eclesiastés: «Quien acumula ciencia, acarrea dolor».

En los momentos menos convenientes para él, Rosa Díez presentó proposición de Ley al objeto de obligar a la toma de posición sobre aspectos metapolíticos: sí o no contra el Derecho a Decidir. Rubalcaba debía elegir: o abstenerse y presentar a todos los diputados socialistas como un bloque sin fisuras, ya que sabía que los socialistas catalanes se iban a abstener, o no soliviantar el patio y votar contra la dichosa autodeterminación. Lo primero se enfrentaba, seguramente, a sus ideas, pero estratégicamente no presentaba abismos intermedios y no le daba el gusto a Díez de bailar según su estrategia, pero incendiaba parroquia general, opinión pública, editorialistas furiosos; lo segundo afirmaba apego indudable por la primacía de las normas constitucionales, pero descubría las débiles junturas que ahora mismo separan, más que unen, a los socialistas de los dos lados del Ebro. Optó por lo segundo, como sabemos, que quizá era lo menos malo, pero para el infortunio la versión que queda y se difunde es que no lo hizo como consecuencia de un ataque de responsabilidad reflexiva de Estado sino como consecuencia de las presiones de Susana Díaz, la presidenta andaluza, gestora de los votos del célebre granero del sur. Díaz aparece así como el paradigma de la sensatez y Rubalcaba, el de la vacilación. Y tampoco es eso (tenga cuidado Susana con quienes empiezan a irritarse con sus decisiones y tomas de postura: tienen poder de maniobra en el Partido y están que trinan).

Gestionar ese escenario es como jugar a los platillos chinos con los ojos vendados. Por el norte desfilan los socialistas vascos por la pasarela de la levedad, queriendo poner velas a todos los actores del drama social y pretendiendo que ello sea entendido. Los navarros (que sostienen el gobierno de UPN), otrosí, diciendo esas cosas de que los asesinos ya no son asesinos una vez han cumplido sus penas, como un fiscal Calparsoro cualquiera (cosa jurídicamente cierta pero innecesaria), y siendo también víctimas de las encerronas declarativas, sea en Tafalla o en Portugalete. La catalanidad, ya sabemos, a su pedal. Y los socialistas del Antiguo Testamento metiendo presión y reclamando cirugía de guerra, sin anestesia.

Echar mano de Franco y soltar por delante al malencarado Odón Elorza no ha resultado, a la vista está, uno de los mejores ejemplos de la táctica política, con lo que sólo queda protegerse de lo que pueda caer en la próxima Conferencia Política y la asumida exigencia de Primarias inmediatas por parte de medio partido, que no deja de ser otra forma política del Derecho a Decidir.

Pérez Rubalcaba, fino analista, mira a su alrededor y a buen seguro se pregunta por la concatenación de hechos que cada vez le deja menos espacio de maniobra política. Entre Díez y Díaz, dos socialistas –¿dos adversarias?–, le han achicado espacios. Así no me extraña que quiera reformar la Constitución. Y el Tratado de Versalles, si pudiera.

 


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