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25 de octubre de 2013

Entre flores, fandanguillos y alegrías


Manolo Escobar era esa España que se llevó toda una vida esperando, y hoy yo quiero encarnar a la otra España, la que agradece que nos entretuviera la espera

FAMILIAS enteras de almerienses viajaban siguiendo el curso del mar hacia el Gran Norte, aquella tierra de promisión, a hacer lo único que sabían: trabajar de sol a sol. Una de ella era la familia García Escobar, mujer, diez hijos y el bueno de Antonio, el generoso padre que se arruinó dando de comer a media provincia en su fonda del Campo de Dalías. El quinto se llamaba Manuel, aprendiz de todo, metalúrgico, ebanista, albañil y temprano avisador al grito de «¡agua!» cuando aparecían los municipales para sorprender a sus hermanos vendiendo alguna puñetería del estraperlo. Trabajó en la química, rellenó la primera botella de Mistol y entendió al poco que debía aprender algo más que las cuatro reglas, y de noche y a golpe de codo se sacó por su cuenta el Bachillerato Elemental de la época, lo cual le permitió opositar a Correos y ganar plaza. Canturreaba aquí y allá, se presentaba a concursos de radio, buscaba oportunidades… y se la dieron en el Teatro Clavé de Mataró. Costó más el taxi desde Badalona que las trescientas pesetas que le pagaron. Luego Costa Brava, Francia, Alemania y de ahí a donde hubiera un emigrante. Creó su estilo, sonriente, recio, sin trampa, vertical, de gestualidad afable y, sin duda, irresistiblemente popular. Vio pasar por delante suyo «El Porompompero» y lo cogió al vuelo. Lo grabó él y acabaron cantándolo hasta los grillos. Y de ahí vino lo demás, lo que ha durado hasta ayer, hasta el mismo borde del precipicio del adiós.

Las canciones de Manolo gustaban al barrio, al viajero de autobús, al que no sabe inglés, a mi madre, a los trasterrados y al cuerpo de Correos, y siguió abarrotando verbenas incluso en el tiempo aquél en el que la corrección política sólo quería apostar por artistas de compromiso, pesadísimos la mayoría. Aunque no anduviera por los trastes de la espuma social más intelectualizada, el hijo de Antonio supo toda su carrera lo que era el éxito real, lo que eran miles de personas achuchándole y ovacionándole, lo que era un censo completo coreando sus estribillos sin remisión, lo que eran hordas de holandeses en trance de deshidratación o de coma etílico canturreando el himno por excelencia de la España costera: Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació mi España, la tierra del amor… Dio la vuelta al mundo, pero sobre todo se la dio a sí mismo: supo lo que querían de él y lo entregó sin complejos desde el primer día en el que cantó en aquellos concursos que patrocinaba Jumar y que consistían en ir por los cines de Barcelona imitando a Pepe Blanco, o en la interminable serie de «La Comarca Nos Visita», o la inolvidable actuación en Playa de Aro en la que conoció a una alemana de nombre Ana con la que más tarde matrimonió en Colonia.

Aquel mismo zagal surgido de la nada se convirtió en uno de los grandes coleccionistas de pintura contemporánea del país, en una referencia de los escenarios que no abandonó y de la tierra que no olvidó, en un artista repleto de humanidad y entrega a un público que seguía ahí, hasta hace unos días, y en un tipo que conseguía dormir tranquilo todas las noches. No es poco.

Nadie se sorprenda por la facilidad asombrosa para fascinar a su público: también lo hizo con los hijos de ese público la noche que le mantearon a los sones del «Viva España» mientras celebraban el campeonato del mundo de futbol. Manolo Escobar era esa España que se llevó toda una vida esperando algo así, y hoy yo, desde aquí, quiero encarnar a la otra España, la que agradece emocionada que nos entretuviera tanto y tan bien la espera, copla a copla, sonrisa a sonrisa.


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