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18 de octubre de 2013

La misión de José M.


Es muy probable que alguien se acerque a usted con una hucha. Son la gente del Domund. No piden para ellos. Piden para las misiones

JOSÉ M. marchó hace unos puñados de años al corazón de África. Su familia había dispuesto para él una vida llena de competiciones y desafíos en los que la victoria por la excelencia estaba más que garantizada. Era despierto, ágil y resolutivo. Gozaba de don de gentes, su aspecto era agradable y las posibilidades de triunfo en la empresa familiar rebosaban cualquier pronóstico optimista. Lo dejó todo, lo que tenía y lo que podía llegar a tener, por acercarse a una maldita aldea en el corazón de la negritud en la que faltaba todo: el agua, las jeringuillas, los antibióticos, la calma, las matemáticas y Dios. Tras años sorteando las iras locales, las furias tribales, los olvidos civilizados y las carencias materiales, José M. edificó una escuela, un ambulatorio, una depuradora y una aldea para recoger en ella a los olvidados, a los enfermos, a los parias, a los huérfanos de la guerra, a los transeúntes y a los sumisos hijos de la nada. Dio de comer a los vagabundos, enseñó a los menores y educó a los adultos. Fue un hombre feliz que sintió que había cumplido un deber: dar lo mejor de sí por los demás. No era sacerdote: sólo un laico que creyó que su deber en el mundo estaba allá donde nadie antes había tenido el detalle de acudir. Una noche de incendio social y de odios inflamados, José M. fue asesinado por una turba que arrasó la aldea que construyó con la ayuda de las buenas personas que dejaron algún donativo en las diversas campañas caritativas que se organizaban en su país, el nuestro. Fue colgado de un árbol y abrasado después de ser rociado con gasolina. Su familia y sus amigos le seguimos llorando desconsolados. Los chiquillos de su aldea, qué decir, también.

Al igual que José, sacerdotes, religiosas y laicos dejan su vida, mejor o peor, para acudir a los infiernos, a los páramos, a la nada, a los campos de desolación, a los mustios collados, allá donde no ha llegado la luz, Internet, la penicilina, la cocacola o la esperanza para ayudar a los necesitados. Unos pregonan la Palabra de Dios a la par que enseñan a cultivar patatas, otros operan de cataratas o de apendicitis y otros tantos enseñan a leer y a escribir a quienes así tendrán algún día la oportunidad de ser libres. Todos ofrecen lo mejor de sí mismos. Pero sin ayuda no pueden dar más de sí que sus buenas intenciones, su esfuerzo, su inmensa humanidad. A unos les llama Dios y a otros les llama esa otra forma de Dios que es la solidaridad humana. Hay miles de misioneros por el mundo; muchos de ellos donde los cristianos son perseguidos de forma inmisericorde. Y hay otros tantos que evangelizan espíritus y que, a la par, administran otros alimentos más urgentes y materiales para el ser humano.

La Fe y la Caridad hacen la Misión, dice el lema de este año. He conocido gente sin Fe que resulta ser caritativa y admirable. Y gente piadosa que se vuelve de espalda ante la caridad. Pero sé de mucha más que, desde la Fe, entrega lo que puede para ayudar a los demás. Es muestra de que el ser humano existe y de que la grandeza reside en todos los hijos de este mundo. Por ello me permito recordarles que pasado mañana domingo es muy probable que alguien se acerque a usted con una hucha con la intención de que deposite en ella alguna de las monedas que peregrinan por sus bolsillos. Son la gente del Domund. No piden para ellos, no piden para difusos proyectos de difícil concreción, no piden para siglas indecisas. Piden para las misiones. Sí, sí, para las misiones; para hombres y mujeres como José M., ante cuyo recuerdo me inclino admirado y respetuoso. De su humilde generosidad dependen muchos. Adelante.

 


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