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13 de septiembre de 2013

LA PERVERSA JUGADA DE LA JUEZ ALAYA


 

Está en lo cierto Manuel Chaves cuando dice que él no está imputado. Pero yerra cuando dice que el auto es innecesario

SOBRE el auto de la juez Alaya han opinado ya todos los colectivos posibles en esta España de vocación leguleya. Creo que queda este humilde columnista, y, como buen buscarruidos, hago caso de Cioran cuando subrayó la necesidad de dejarse devorar por la ballena si queríamos conocer el interior de los monstruos (creo que fue Cioran, pero igual era Tintín y estoy cruzando lecturas). A decir de los juristas que conozco, el comunicado alayista es un prodigio de virtud y mala leche: consigue aplacar a todos los amigos de la presión a un juez «por el medio que sea» y consigue, asimismo, ganar tiempo sin soltar las riendas del proceso.

Está en lo cierto Manuel Chaves cuando dice que él no está imputado. Pero yerra cuando dice que el auto es innecesario. Tanto Chaves como el reciente senador Griñán pueden mostrar enfado por la repercusión mediática que tiene el hecho de ser señalados por un juez de instrucción como objeto de investigación, pero no pueden revolverse en su contra, ya que el juez, en este caso la juez, lo que ha hecho ha sido acudir a una figura contemplada en el ordenamiento jurídico y hacer caso de una recomendación de la Audiencia Provincial de Sevilla, la cual la exhortó a que pusiera en conocimiento a los aforados los indicios que manejaba merecedores de ser investigados. La trampa es completa y de ahí el enfado de los expresidentes de la Junta de Andalucía en particular y del PSOE en general. Alaya se ha acogido, si queremos, a una ley de enjuiciamiento criminal que fue redactada en el siglo XIX y que, aunque repetidamente parcheada, conserva el aroma del pasado remoto. Uno de esos parches fue el famoso 118 bis, y a él se remite la togada para poner a cada uno en su sitio.

¿Por qué no tiene razón Chaves cuando califica de innecesario el auto? Porque proporciona a la instructora una tranquilidad de la que no ha gozado a lo largo de todo el proceso, intensamente boicoteado desde varios frentes. Con el documento de marras, Alaya les devuelve los pellizcos a la clase política y a sus propias instancias superiores, bastante groseras alguna de ellas: lo que crearon los políticos en forma de reglamento es utilizado para deshacerse de presiones y para devolver algunas impertinencias como la del fenómeno Moliner, jefe del Poder Judicial, que en alguna ocasión se ha metido donde no le llamaban olvidando guardar algunas elementales apariencias, como la de mantener prudente silencio el día que almuerza con el presidente de la Junta y su consejero de Justicia, un fiscal de buen batallar ideológico, en lugar de salir de San Telmo e instar a la juez públicamente a aligerar procedimientos.

Tiene razón Chaves, eso sí, para sentirse contrariado, ya que informativamente le sitúa en una situación incómoda. A él y al flamante senador. Parecen imputados y no lo son. No nos engañemos, Alaya les ha metido en un callejón sin salida: si quiere usted saber algo de lo que investigo, si quiere conocer alguna diligencia, venga con su abogado porque lo hará como imputado. El horario de los juzgados es de 8 a 3. De no hacerlo, déjenme en paz. O bien recurran el auto, cosa que pueden hacer. Ella, Cioran desde su tumba, Tintín desde el papel, la ballena, usted y yo sabemos que no lo van a hacer: ni comparecerán ni recurrirán. La juez proseguirá con sus investigaciones apoyada en el excelente trabajo de los hombres y mujeres de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil y ya veremos cómo acaba el baile. Probablemente les llevará ante una instancia superior que no se leerá más de cincuenta folios —no son dados— y, de no ser aplastantemente obvio su delito, les darán una merienda y los mandarán a casa. De ahí que quiera tiempo y tranquilidad. Jugada maestra.

 


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