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28 de junio de 2013

El factor Bárcenas


 

El partido no quiere saber nada de él y ha explorado muy pocas o ninguna vía de contacto con alguien que tiene gasolina en sus manos

 

VENGO cruzando en tren una España que venero, esa que describe el trazo prodigioso del románico y que se centra de forma concentrada en Tierra de Campos. Cereales que aún verdean y brotes de pinares resineros, piñoneros, el haya, el chopo y el acebo. Paisaje de libertad, amplio, de larga vista, de honda esencia, callado, modesto, patrio, sincero... El paisaje que habrá de añorar todo aquél que pierda la libertad por un día, por un año, por vaya usted a saber cuánto. Luis Bárcenas: después de cuatro años, el juez aprecia riesgo de fuga. Me acuerdo ahora de él. He compartido un par de tardes de conversación y uno y otro sabíamos que antes o después pasaría por el trago de perder paisajes y elasticidades para formar parte de la población reclusa española. Este periodista, como otros a los que también ha querido ofrecer su versión de las cosas en privado, ha visto papeles, unos más comprometedores que otros y la mayoría de ellos de alto interés mediático aunque de relativo valor judicial. Luis Bárcenas sostiene que repartió dinero a los miembros de la cúpula del PP y que lo hizo en virtud de las órdenes que recibía del verdadero tesorero y adecuadamente a lo que era razonable por el trabajo en el partido de unos y otros. Conserva los volantes de los ingresos que realizaba en los bancos en los cuales el partido guardaba las donaciones de empresas y particulares y conserva, autenticidad mediante, estadillos en los que recogía los pagos que realizaba en el final de los ochenta y principios de los noventa, estadillos los cuales dejan en pañales los publicados por «El País», filtración de Trías Sagnier mediante, ya que no todo es fácilmente explicable.

 

Ahora en prisión puede caer en la rabia a la que no ha estado sometido hasta ahora: su queja, su lamento, es que el partido no quiere saber nada de él, ¡con lo mucho que él sabe del partido! Asegura que el dinero de Suiza era mucho más del que había estos meses, que su habilidad en los negocios del arte pictórico y de inversión en bolsa es notable, que tiene bloqueadas sus cuentas –en las que reconoce delito fiscal– y que ha estado saliendo adelante gracias al apoyo de algunos amigos. Y que ello no debería ser así ya que el partido le adeuda la indemnización a la que tiene derecho por sus muchos años de servicio. El partido, como ya imaginan, no quiere saber nada de él y ha explorado muy pocas o ninguna vía de contacto con alguien que tiene gasolina en sus manos y que hasta ahora no ha querido utilizar, pero que de sentirse demasiado sólo podría poner en marcha. Lo que se juega el PP con ello podría ser más de lo que cree: no porque Bárcenas disponga de pruebas acusatorias que supongan pesares judiciales a la cúpula, pero si por ese viejo proceder de embarrar el campo en el que ahora se dirime un cierto despegue político del gobierno Rajoy gracias a las saludables perspectivas económicas de los próximos meses. Puede que sólo fuera ruido, pero el ruido puede llegar a ser muy molesto.

 

La tarea del juez Ruz, por otra parte, consiste fundamentalmente en tratar de establecer el origen de las cuentas suizas a nombre de Bárcenas. Hay que saber si ese dinero provenía de sus virtudes financieras o de las arcas del PP, y, en el segundo caso, si ha sido apropiación indebida o simple custodia. Bárcenas acusa a dos responsables populares como causantes esenciales de sus males: es cruel en el relato de las maldades que, según él, adornan el proceder de ambos; los cuales, por cierto, están –o parecen estar– enfrentados entre sí. Dentro de prisión –y también fuera sin estar desactivado– es un factor de desestabilización enormemente considerable.

 


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