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25 de enero de 2013

Yo he leído a Amy Martin


 

Protagonista de un culebroncillo de invierno, Mulas ha desaprovechado la oportunidad de hacer circular ideas nada insolventes

 

ES el nombre más repetido en los medios de comunicación en las últimas veinticuatro horas, pero aún así reina una cierta confusión acerca de quién se esconde tras Amy Martin, la supuesta columnista generosamente remunerada que publicaba artículos en la web de la Fundación Ideas del Partido Socialista. Fuera su propio director general, Carlos Mulas, o su pareja, Irene Zoe Alameda, como ha confesado públicamente, no estará de más detenerse en el trabajo en concreto de dicho o dicha observadora global, la misteriosa autora de algunos trabajos que, a esta hora, ignoro si persisten en la página del Think Tank del PSOE. Ayer tarde, cuando me tomé la molestia en consultarlos, aún estaban, como el NODO, al alcance de todos los españoles.

 

Y debo decir, antes de ser apedreado, que alguno de ellos resultaba interesante. No son artículos para el trasiego diario de un periódico, pero sí para el fondo editorial de una página de reflexión y pensamiento como se supone que debe ser la de una Fundación de las características de la que nos ocupa. Amy Martín, curiosamente, escribe bien (no tenía por qué hacerlo mal) y desarrolla los temas que enuncia de manera suficientemente documentada. Es fácil pensar que un artículo sobre el cine nigeriano es un contundente ladrillo con el que abrir la cabeza de algún enemigo, pero el relato que Amy realiza acerca del vigor industrial del cine en el continente africano es harto curioso: un comerciante de Nigeria compró a precio de saldo una ingente cantidad de cintas vírgenes en Taiwan y encargó a cineastas y directores de teatro locales la realización de películas de casi nulo presupuesto, las cuales sedujeron a un público que, contrariamente a lo que hacen los europeos, abarrota las salas de cine. El fenómeno industrial se llama «Nollywood» y ya está por delante de Hollywood, sin ir más lejos. ¿Usted lo sabía? Yo, ciertamente, no. Otro artículo ideal para la chanza es el de la «Economía de la Felicidad», que visto así, de antemano, suena a un calentón de progre, pero que leído detenidamente es un buen estudio acerca de las nuevas ideas para medir la felicidad, diferenciando claramente la estructural de la coyuntural, es decir, la satisfacción vital por una parte y el estado de ánimo por otra. La tesis es que los gobiernos, si conocen lo que hace de veras feliz a sus ciudadanos, pueden tomar medidas mucho más efectivas para ellos. Tampoco es malo. El tercero que alcancé a leer antes de que la página de la Fundación cerrase sospechosamente a eso de las seis de la tarde (se supone que para una limpieza de corrales) estaba dedicado a la hambruna en Somalia, y en lugar de cargar la mano sobre el imperialismo malísimo de los occidentales, causantes de toda pena que asole África, aclara que el terrorismo yihadista de Al Qaida es el causante de que ni un solo corredor humanitario pueda transportar la ingente ayuda que diversos países occidentales encauzan hacia aquel maldito escenario del cuerno africano.

 

Sea quien sea el autor de los sueltos excelentemente pagados por el PSOE -más concretamente por usted, através de sus impuestos-, hay que reconocer que no es un indocumentado que pasaba por allí y que escribía cuatro generalidades copiadas de Internet. Carlos Mulas, el director cesado con contundencia y agilidad de reflejos por Jesús Caldera, atesora un currículum nada despreciable y podría estar perfectamente detrás de la autoría de los artículos. El hecho de que fuera uno de los redactores del programa del Partido Socialista no debería llevar a valoraciones apriorísticas, pero, lamentablemente -ansia desmedida mediante-, se ha quedado sin firmar él mismo interesantes observaciones sobre la realidad global por culpa de una exagerada autovaloración. Protagonista de un culebroncillo de invierno, Mulas ha desaprovechado la oportunidad de hacer circular ideas nada insolventes.

 

 


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